domingo, 28 de septiembre de 2008

Woody Allen & Barcelona

¿Es esto Barcelona? *
Ser de Barcelona no es tan gratificante como parece. Al menos, si uno (sobre)vive en ella durante todo el año. Siendo turista, las cosas cambian. Aún recuerdo uno de los muchos comentarios laudatorios que me soltaron en una discoteca escocesa: “Es una ciudad fantástica; la arquitectura es deslumbrante y allí encontré las pastillas más alucinantes de mi vida”. Anécdotas surrealistas aparte, lo cierto es que, en los últimos quince años — desde, más o menos, los Juegos Olímpicos—, los barceloneses vivimos en una urbe deseada que ha ido mutando en función de la moda y las tendencias. Un proceso traumático de maquillaje que bien podría darse por concluido con esta grotesca
Vicky Cristina Barcelona. Quizás la película que certifica la defunción de un lugar que corre el riesgo —si nadie lo remedia— de convertirse en un parque temático modernista y fashion.


Vistas así las cosas, el filme de Woody Allen es incluso interesante. Pues no deja de ser la visión (matizada) que un turista estadounidense tiene de la capital catalana. No dudo que las autoridades (que subvencionaron gustosamente la producción) saldrán satisfechas del resultado. La Barcelona que ellos han estado vendiendo — la de la multiculturalidad, la del buen rollo, la de los (ejem) encuentros culturales— se parece mucho a la que nos pinta el director neoyorkino. “Hoy he paseado desde la playa hasta el Parc Güell en busca de Gaudí”, suelta uno de los personajes. Y, aunque suene a chiste, la primera hora de la película no es más que eso: un interminable paseo presuntamente artístico. Mientras transcurren (lentamente) los minutos, uno no puede más que preguntarse el porqué de tan considerable dislate. De acuerdo, los barceloneses nos merecíamos —por provincianos— un desastre de este calibre. Pero esto es demasiado. Alfred Hitchcock decía que todo cineasta debe mostrar los lugares más reconocibles de la metrópoli en la que filma. El responsable de Match Point va mucho más allá de eso. No es que aparezcan las Ramblas, la Sagrada Familia, el parque del Tibidabo o la plaza del MACBA (al fin y al cabo, las dos protagonistas son turistas). Es que el filme se recrea, secuencia tras secuencia, en su imposible decorado. Incluso cuando la trama ni tan siquiera lo justifica (cfr. la panorámica inicial para mostrar un grafiti de Miró en el aeropuerto, la cita de Javier Bardem y Scarlett Johansson enfrente de los alejados Pavellones Gaudí de Pedralbes).

El problema de esta acumulación de postales (en las que incluso las prostitutas del Raval son un agradable exotismo) es que restan credibilidad a un relato ya de por sí insulso. Si uno conoce mínimamente Barcelona, pronto se dará cuenta que los personajes de Allen se mueven en un entorno de cartón-piedra que en nada se parece al que cada día transitan millares de ciudadanos de a pie. El efecto (involuntario) sobre el espectador indígena es similar al que uno tiene contemplando el The World de Jia Zhang Ke. Todo es llamativo, sí, pero todo transmite falsedad. No hay quien se crea una ciudad de postín que, asimismo, es retratada sin ningún tipo de matiz cultural. Desde la exhibición de guitarra española hasta las referencias con calzador “a la búsqueda de la identidad catalana” (sic). Todo parece impostado en esta Vicky Cristina Barcelona; un indigesto cocktail (de tópicos, secuencias gratuitas e imposiciones) que en nada hace justicia a una localidad que, pese al exceso de turismo y de especulación, aún goza de espacios genuinos y transitables.


Aunque, como aventurábamos anteriormente, la película va a gustar a quienes esperen de ella una visión idealizada de la capital catalana. El éxito de crítica y público en Estados Unidos no es, por tanto, casual. Todos los co-responsables del filme sabían a lo que iban. Había demasiado dinero en juego y Vicky Cristina Barcelona tenía que ser algo más que otra comedia ligera de Allen. Tenía que ser (y es) el vídeo turístico definitivo; la pieza publicitaria donde se exhibieran las virtudes de una metrópoli ombliguista que necesita constantemente de la aprobación (y del dinero) foráneos. Poco importa que los que hemos vivido siempre en Barcelona quedemos relegados a un segundo plano. Gracias a la cómplice colaboración del gran director neoyorkino (él mismo ha admitido, en entrevistas, que escuchaba la opinión de todos los que se le acercaban a (des)aconsejarle), esta película no hará más que fomentar una imagen superficial (también liberal) de una urbe que sigue perdiendo su identidad a marchas forzadas.

Lástima que los personajes de Allen nunca se dejen caer por el Camp Nou. Si fuese así, los barceloneses podríamos ahorrarnos, al menos, parte de la invasión turística a la que diariamente nos vemos sometidos. Pues estoy seguro que muchos de estos viajeros ocasionales preferirían quedarse en casa contemplando — sin colas ni prisas— los paisajes de
Vicky Cristina Barcelona. La impresión visual —si se añade, en un nuevo montaje, la ineludible visita al santuario azulgrana— en poco se distinguiría a la que proporcionan los concurridos paseos en el bus turístico de la ciudad. Siempre desde las bonitas (y cómodas) alturas y siempre sin enterarse de nada. Puro turismo de salón. Pura Barcelona maquillada.

* Nótese que este artículo no pretende ser una crítica de cine al uso sino un comentario indignado de un fan de Woody Allen que vive en Barcelona.

El artículo aparece junto a una crítica de Antoni Peris en Miradas

sábado, 27 de septiembre de 2008

Adiós, Donostia

El festival de San Sebastián enfrenta su recta final y yo me vuelvo para casa ciertamente satisfecho. No tanto por la pasable sección oficial sino por la experiencia personal en sí, por las fiestas, por los amigos y por las muchas buenas películas que he visto en todo tipo de retrospectivas. A todo ello, las grandes favoritas para la Concha de Oro son, en este orden, Still Walking (Koreeda), Frozen River (Hunt), Un tiro en la cabeza (Rosales), Laila's Birthday (Masharawi) y Camino (Fesser). A excepción de esta última (fallida, delirante y un pelín tramposa; en Miradas la comentará hoy con mayor entusiasmo mi compañero de crónicas Lolo Ortega), he hablado de todas ellas en las correspondencias cinéfilas que este fin de semana llegan a a su fin.

Espero que cubrir el festival in situ con un poco de originalidad haya merecido la pena. Lo cierto es que cada vez admiro más a los cronistas de periódicos y de agencias. Su trabajo diario es más duro de lo que parece. Aunque tengan todos los gastos pagados y, en ocasiones, se equivoquen como lo hacemos todos.

Para acabar -y a falta de mi última carta de mañana que escribiré tras el palmarés de esta tarde- os dejo mi top 15 de todo lo que he visto por primera vez en esta edición y que no os deberíais perder:

1.Voces Distantes (Davies, 1988)
2.Flor Pálida (Shinoda, 1964)
3.Still Walking (Koreeda, 2008)
4.El largo día acaba (Davies, 1992)
5.Tokyo Sonata (Kurosawa, 2008)
6.Of Time and the City (Davies, 2008)
7.Entre le Murs (Cantet, 2008)
8.La frontera del alba (Garrel, 2008)
9.Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (Olaizola, 2008)
10.El Cant dels Ocells (Serra, 2008)
11.Hunger (McQueen, 2008)
12.Génova (Winterbottom, 2008)
13.Big Time Gambling Boss (Yamashita, 1968)
14.La Biblia de Neón (Davies, 1995)
15.24 City (Jia, 2008)

PD: Se acaba de filtrar el palmarés y es vergonzoso, indignante. Dos de las tres peores películas a competición se han llevado un premio gordo y Koreeda se ha quedado sin nada. Al menos, el galardón a mejor director ha sido para Winterbottom y los tres intérpretes premiados son decentes. El resto, risible. Por más inri, ha muerto Paul Newman. Qué día más triste para el cine. En fin.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Correspondencias donostiarras


Hola a todos,

Tal como os comenté recientemente, estoy disfrutando del festival de cine de San Sebastián. La experencia (tan agotadora como apasionante) se está traduciendo en unas correspondencias que vamos publicando en Miradas de Cine entre un servidor y Lolo Ortega. Es un sistema un pelín extraño y creo que aún no he dado con el tono ideal. Pero aquí podéis leer las cartas que se van publicando y sacar vuestras propias conclusiones.

Hasta pronto, tabernófilos.

¡Y que viva Terence Davies!

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Una década prodigiosa: Los 40 en Miradas (y 2)

Ya tenemos aquí la segunda parte del completo dossier que en Miradas hemos dedicado a los años 40. Esta vez hay textos generales muy interesantes y, en breve, se podrán ver las votaciones. Por mi parte, he escrito un artículo de Luna Nueva (His Girl Friday) que os dejo a continuación. Sin duda estamos ante un clásico de Howard Hawks ineludible y perfectamente válido en el presente. Os pongo también mí top 15 particular (sin ningún orden determinado) de esta década:

The Fountainhead (Vidor)
His Girl Friday (Hawks)
Notorious (Hitchcock)
Scarlet Street (Lang)
The Body Snatcher (Wise)
Brief Encounter (Lean)
Double Indemnity (Wilder)
To Be or Not to Be (Lubitsch)
The Little Foxes (Wyler)
Banshun (Ozu)
Germania anno cero (Rossellini)
The Maltese Falcon (Huston)
The Thief of Bagdad (Berger/Powell/Whelan)
The Lady from Shangai (Welles)
The Strange Love of Martha Ivers (Milestone)

De la levedad a la miseria

No es que a Howard Hawks le fascinasen los animales, pero, viendo algunas de las escenas de sus comedias, bien podría parecerlo. Un oso robándole la motocicleta a Rock Hudson. Cary Grant intentando atrapar un felino con una red para cazar mariposas. Ginger Rogers comportándose como una mocosa tras beberse una pócima preparada por un mono. Es tal la osadía humorística de este cineasta que más de un espectador despistado podría confundirle con un realizador menor o, aún peor, familiar. Aunque contar con fieras y mascotas entre el reparto sólo fuese, en realidad, una de las muchas artimañas que Hawks gastaba para conseguir lo que más buscaba cuando quería ser divertido; ridiculizar a sus endiosadas estrellas. Y es que este director clásico nunca resultó pretencioso en sus comedias, ni tan siquiera profundo. Su humor siempre fue más físico que intelectual, primando la levedad deliciosamente maliciosa sobre la trascendencia. Tal búsqueda de la ligereza, alejada de la complejidad de otros ases del género como Lubitsch o Wilder, alcanzó incluso a Luna Nueva, quizás su comedia más recatada y, a su vez, afilada junto con Bola de fuego.

No hay en esta adaptación teatral los gags disparatados de La fiera de mi niña o Su juego favorito, pero sí un tratamiento frívolo de aspectos tan candentes como la pena de muerte o la corrupción política. Hawks se lleva el texto de Hecht y MacArthur a su terreno con un hábil cambio de sexo. Hildy es una mujer y no un hombre. Y lo que tenía que ser una película sobre el periodismo y la amistad, se convierte en una atípica comedia romántica. La visión miserable del trabajo de la prensa —certera y acorde con lo que hoy serían los fisgones televisivos— está presente durante toda la acelerada narración hasta un irónico prólogo nos lo recuerda—, pero la película no esconde una simpatía hacia unos profesionales que dedican casi todas las horas de su vida a un oficio tan sacrificado como excitante. Una profesión en la que, sin embargo, se abusa de la mentira e incluso la crueldad. Y es que, en el fondo, Rosalind Russell no es tan diferente a la Uma Thurman de Kill Bill (aunque admito que se trata de una comparación un tanto disparatada, no es tan descabellada como parece. Más si sabemos que Quentin Tarantino —según se puede ver en las listas de Sight and Soundconsidera Luna Nueva una de sus diez películas favoritas). Como la heroína tarantiniana, la periodista de Hawks es una action-woman incapaz de cambiar de piel. Aunque lo niegue, la apacible vida de casada no está hecha para ella. No puede dejar de atacar con su pluma como la Mamba Negra no puede dejar de matar con su espada. Y Cary Grant, como David Carradine, está ahí para recordárselo. Su personaje, el editor Walter Burns, quizás no llegue tan lejos como el de Bill, pero usará también los medios más bajos —adecuados a su condición de despiadado periodista— para retener a su empleada favorita de la que —como siempre sucede en estos casos—, ¡oh sorpresa!, está además enamorado.

En tal conflicto, fuente de innumerables equívocos, radicará casi toda la gracia de la magnífica función, una genuina guerra de sexos en la que sorprende ver a una mujer que, a principios del siglo XX, se comporta como una profesional moderna, libre e independiente. Tal fuerza del personaje femenino quizás heredada del original masculino— ayuda a que Luna Nueva siga siendo un título plenamente gozoso (y hasta políticamente correcto) en estos tiempos de paridad, pero es la maestría de Hawks lo que convierte el filme en un trabajo superior a otros de similares como Primera Plana, el sólo apreciable remake de Billy Wilder. Y es que si bien formalmente esta obra no se distingue demasiado de la mayoría de producciones hollywoodienses de su tiempo —la cámara es invisible, no hay apenas exteriores fuera del estudio y sólo destaca el travelling en la secuencia de la redacción—, la dirección de actores y los diálogos ametralladores —unos se superponen encima de los otros transmitiendo un caos periodístico perfectamente calculado en el que el espectador nunca se pierde y siempre mantiene la atención— convierten Luna Nueva en una de esas películas que apetece revisar una y otra vez.

La locura que representa su visionado y la citada ligereza que Hawks propone ante temas graves —un hombre va a morir colgado y lo único que molesta a los periodistas es el ruido de los vigilantes mientras prueban la horca— hacen de este filme un delirante tour de force plagado de detalles que apenas se perciben mientras uno ve la película por primera vez. Desde la elección del vestuario Cary Grant es el único personaje que va de blanco, destacando sobre el resto de periodistas que van de negro— hasta los matices en las interpretaciones —en uno de los pocos momentos de calma, durante la comida entre los tres personajes principales, Grant mira de reojo y con satisfacción al prometido de Hildy cuando ve que ya lo ha engañado y que su plan está en marcha—. Sin olvidar tampoco el tono ácido del guión y la malicia de un director que consigue incorporar en una comedia romántica, con inevitable —aunque sorprendentemente rápido y abrupto— final con beso, un discurso cínico y descreído que descalifica a todas las instituciones públicas y roles familiares que desfilan por la pantalla.


Pues siendo fiel a sí mismo
y sin necesidad de subrayar los toques “autorales” ni de esconder el orígen teatral del texto—, Hawks consiguió una pieza maestra que desde la levedad sigue arrastrándonos a la miseria.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Próxima parada, Donostia

Otra vez. Respetando fielmente el (estupendo) calendario festivalero me dejaré caer próximamente por el festival de San Sebastián en una edición que -esta vez sí- promete ser altamente sugerente. No es que la sección oficial (Kore-Eda, Ki Duk, Burman, Rosales, Winterbottom) sea la mejor posible (no lo es ni nunca lo será mientras estén Venecia y Toronto), pero es más que decente y se verá muy enriquecida por dos de las deslumbrantes retrospectivas (cine negro japonés y Terence Davies) y por la brillante selección de perlas para Zabaltegui y Horizontes Latinos. Quizás la mayoría de filmes exhibidos no sean exclusivos del festival (ya han pasado por otros o descansaban en viejas filmotecas), pero visto todo globalmente (y considerando que muchos no fuimos a Cannes), este certamen se presenta más que apasionante. Fíjense en la lista de las quince películas (nuevas) que más espero. Literalmente espectacular:

Tokyo SonataKiyoshi Kurosawa


Of Time and the CityTerence Davies

El cant dels ocellsAlbert Serra


Hunger Steve McQueen

La frontière de l’aubePhilippe Garrel


Las horas del veranoOlivier Assayas


Tropic ThunderBen Stiller


24 city Jia Zhang Ke


Still Walking Hirokazu Kore-Eda


Entre le mursLaurent Cantet


Tiro en la cabezaJaime Rosales


AcnéFederico Veiroj


Parque VíaEnrique Rivero


Tony ManeroPablo Larraín


Daremos cuenta de todos estos títulos y de muchos más en las crónicas casi diarias que mí colega Manuel Ortega y yo iremos mandando in situ para Miradas de Cine. Y, ojo, que esta vez apostaremos por un sistema de correspondencias entre nosotros que puede resultar más ameno, original y enriquecedor para los lectores. Desconozco si nos quedará bien, pero en esta vida conviene jugársela un poco.

Hasta el jueves, tabernófilos.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El desprecio: Godard & B.B

video


Buscando a Bardot

Tal como sucede en Irma Vep, la extraordinaria película de Olivier Assayas, El desprecio es, en esencia, la filmación de una mujer. O mejor, el rodaje auto-consciente de una actriz. Si Assayas enfrenta a Maggie Cheung con un entorno que no comprende, Godard revierte la carrera de Briggite Bardot mientras juega con todo lo que ella representa para el espectador. Ambos cineastas, que además ubican acertadamente sus ensayos en el mundo interno del cine, reflexionan sobre el mismo concepto del séptimo arte. Sobre el hecho que una representación evidente consiga reflejar el sentir de los espectadores. Quizás esta fascinación se produzca porque el cine «substituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos» (1). Pero lo cierto es que tanto Godard como Assayas consiguen —pese a desvelar todos los trucos que se esconden tras las cámaras— que nos creamos sus historias y que nos emocionemos con ellas. Cuestión de fe (y de belleza).

El caso es que, antes de filmar El desprecio, Briggite Bardot era más un sex symbol que una actriz. Uno de esos cuerpos que, más allá de gustar por su atractivo físico, fascinaban por todo lo que acarreaban detrás. Es decir, por el mito. Poco importaba el nivel de sus interpretaciones (en el caso de Bardot, más bien limitadas) porque el público iba en busca de algo más intangible. Consciente de ello, Godard aprovechó un golpe del destino (sus primeras obras triunfaron y un productor le ofreció la posibilidad de rodar esta película, cara y con estrellas) y puso en crisis la figura popular de B.B. En este sentido, su jugada es parecida a la de Rossellini con Ingrid Bergman. Y es que no sólo su actriz se acerca a una sala donde se proyecta Viaggio a Italia, es que se comporta de forma tan inesperada como la intérprete sueca. Bardot ya no es (sólo) una mujer voluptuosa y deseada. Es algo más. Harta quizás de su papel en la sociedad, el director francés le ofrece la posibilidad de huir de su encasillamiento. Y, en El desprecio, sus pudorosos desnudos y sus encuentros con la naturaleza (potenciados por un uso expresivo de la música que transforma siempre lo que vemos) le dan una nueva imagen más misteriosa, tan inalcanzable como su mito (o el de Penélope). A tan sorprendente transformación ayuda también el propio comportamiento de Camille (Bardot) que tanto renueva su aspecto con una peluca negra (¿acaso quiere ser Anna Karina?) como transgrede su vocabulario al insultar repetidamente a su pareja. Toda una serie de cambios que rompen con las expectativas del espectador y que confirman el poder que el cine tiene para definir la imagen pública de las personas filmadas.

La reflexión de Godard sobre la representación no se limita, sin embargo, a la figura de la actriz. Su película es también un complejo ensayo meta-cinematográfico en el que —conservando un hilo narrativo— se evidencian (y se cuestionan) todos los mecanismos de la creación. Desde el uso de varios filtros y la reutilización de planos hasta la constante presencia de claquetas y cámaras, El desprecio desvela constantemente la artificiosidad de lo que cuenta. Un artificio que, pese a todo, acepta un espectador que no pierde casi nunca el interés por las varias historias que le están contando. Porque el filme -y aquí está una de las razones de su valía- es, además de una crítica política, una reflexión sobre el arte y un documental sobre Bardot, una magnífica historia de (des)amor. Un medido análisis de la desintegración de una pareja en la que, como tantas otras, la pérdida de la pasión da paso a un hastío tan incomprensible como irrevocable. Camille deja de querer a Paul (Piccoli) y ya no hay solución posible.

Por ello, aunque Godard sitúe el inicio de la crisis de la pareja en el instante en el que Paul acepta trabajar en la versión cinematográfica de La Odisea —en un claro asociamiento de la desintegración emocional con la decadencia artística del Hollywood capitalista—, los esfuerzos del protagonista por dar marcha atrás e intentar recuperar a su enamorada siempre serán en valde. Hasta el punto que la única solución (radical y egoísta) al rechazo femenino acabará siendo la muerte. Una venganza doble del destino (o de Godard) contra el desprecio de Camille a Paul y, de paso, contra la endiosada figura de un productor que impone sus designios a Fritz Lang y al resto de héroes de la película. Una revancha que libera artísticamente a los protagonistas masculinos, pero que viene a confirmar la incomprensión del hombre hacia las reacciones femeninas. Porque, al final, la mirada del cineasta francés, al igual que la de la mayoría de directores que filman a mujeres, denota la imposibilidad de desvelar del todo el sentir de éstas. Un misterio propio del cine del siglo XX y tan fascinante como el inefable rostro de Briggite Bardot.


1.Cita de André Bazin que aparece en la película.


El artículo puede leerse también en Cinearchivo