viernes, 8 de agosto de 2008

¿Es There Will Be Blood una obra maestra?

Sigo con mis dudas veraniegas y cinéfilas. Esta vez con la que fue una de las películas más aclamadas de finales de 2007 y principios del 2008: There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson. A falta de revisar la película en dvd (en breve se editará en España y me apetece aclararme), sigo pensando que es un gran trabajo. Pero su distanciamiento total del espectador me impide recordarla con la emoción que sí me transmitió (sobre todo intelectualmente) en un primer visionado. Mientras dos títulos de la misma época, No Country for Old Men y We Own the Night, no hacen más que crecer y crecer en mi maltrecha memoria. Por ello acudo a vosotros como tabla de salvación...

¿Os parece
There Will Be Blood la obra maestra que se dijo? Aquí os dejo mi crítica (entusiasta) en el especial que hicimos en Miradas de Cine. Que siga el debate!

Preguntas sin respuesta

1) Apunte amoral

En una reciente conferencia celebrada en Barcelona, el prestigioso crítico cinematográfico Jonathan Rosenbaum se mostraba preocupado ante la alabanza unánime que estaba despertando No es país para viejos, la última (y, a mi modo de ver, extraordinaria) película de los hermanos Coen. La inquietud del analista mutante no iba tanto por la calidad de la propuesta, sino más bien por una presunta ausencia de mensaje en ella. No es que con los años el bueno de Rosenbaum se nos haya vuelto un moralista; es que, según su percepción, el cine norteamericano reciente ha entrado en una peligrosa tendencia amoral. Hasta el punto que, a día de hoy, coinciden en la cartelera española tres películas (No es país para viejos, Sweeney Todd y Pozos de Ambición) protagonizadas por personajes al margen de toda condición humanista e ideológica. Este hecho circunstancial —que, desde mi geográficamente limitado punto de vista, surge a partir de la crisis moral que se intuye en la sociedad estadounidense tras el fiasco de Irak— viene a confirmar una nueva pérdida de la inocencia en la industria de Hollywood que, tras años desconectada de la realidad, vuelve a mirar hacia los rompedores años 70. Aunque lo hace —y de aquí viene quizás la preocupación de Rosenbaum— desde un tamiz posmoderno en el que no hay lugar para soluciones esperanzadoras.

Sea como fuere, las reflexiones del periodista cinematográfico del Chicago Reader nos sirven también para poner en duda nuestras aseveraciones sobre la sociedad norteamericana. Porque, a veces, la visión de la crítica europea sobre lo que debe ser buen cine estadounidense está demasiado condicionada por la distancia y por cuestiones ideológicas. Y es que, aunque nos esforcemos, no es fácil comprender, sólo a través de sus películas, a un país tan inabarcable como Estados Unidos. Por ello, me parece más razonable analizar un filme como Pozos de ambición desde una mirada personal y cinéfila. Y no tanto desde una perspectiva sociológica o política. Dicho esto, considero que el último trabajo de Paul Thomas Anderson (PTA, a partir de ahora) es, además de muchas otras cosas, un extraordinario recorrido a través de la historia del cine estadounidense y de cómo éste ha reflejado, durante más de cien años, las transformaciones del territorio norteamericano tras la invasión colonial.

2) Historia del cine y empatía

El primer tramo de la película, que remite inequívocamente a la época muda (pese al brillante uso del sonido), nos descubre ya el tono que seguirá el resto del metraje. Un tono oscuro y desmesurado en el que la lucha de un hombre por la supervivencia llegará a través del esfuerzo y la ambición. Poco importan las huellas morales o físicas (la cojera, la sordera o la suciedad) porque el camino de Daniel Plainview/Day-Lewis ya está marcado de antemano y nadie se atreverá a cruzarlo. Tras salir del pozo, el petrolero adoptará el rostro benévolo del capitalista y, gracias al egoísmo y al trabajo (es destacable que PTA, a diferencia de otros cineastas pretendidamente sociales, dedique muchos fotogramas a mostrar el esfuerzo de los obreros), conseguirá alcanzar un status social equivalente al del paradigmático Charles Foster Kane. La búsqueda de la riqueza o del amor no serán, sin embargo, motivos de peso para Plainview que, al final de la película, alcanzará un estado de degradación más temible que el del magnate wellesiano. Hasta el punto que su personaje —que actúa con la soberbia de un capo de El Padrino ante la llegada de su propio hijo adoptivo—, nada tendrá en lo que sujetarse. Ni la fe, ni la familia, ni un Rosebud que justifique sus actos.

Las motivaciones de Plainview (que evoca pero no imita a los grandes emprendedores de la historia del cine) serán, por tanto, terriblemente ambiguas y amorales. Indescifrables para un espectador que se verá sometido a una terapia de choque en la que el pilar de la narración será un tipo desinteresado por el amor, por el sexo y por todo lo que no tenga que ver con el individualismo extremo, la misantropía o el nihilismo. ¿Valores? que no despiertan precisamente la empatía por un protagonista que, aun siendo atractivo e interesante en todo momento, se aleja del resto de creaciones del genial PTA.

Excéntricos, desubicados, luminosos, egoístas e incluso violentos, los personajes de este director californiano eran, pese a sus defectos, seres cercanos con quien era fácil identificarse. Algo que ya no sucede en Pozos de Ambición. Quizás porque Plainview se ha visto arrebatado de valores humanos y ha perdido toda fe en las relaciones personales. Nada sabemos de su pasado (y en ello nos recuerda a los justicieros fantasmales del western crepuscular), pero intuimos que algo grave le sucedió —la escena en la que llora observando una foto en el diario de su hermano— y ha condicionado para siempre su existencia. Esto no explica ni justifica su punible comportamiento durante varias décadas, pero sí nos sirve para descubrir, como muy bien argumenta Manuel Yáñez en su crítica de la película para la revista Otros Cines, lo que sería un mundo carente de amor. Un universo terrorífico en el que Barry Egan, el brillante personaje de Punch-Drunk Love, nunca se hubiera enamorado de Lena Leonard y hoy sería un ser violento y enloquecido, abrumado por los vínculos familiares y sociales que tanto teme el protagonista de Pozos de Ambición.

3) Digresiones excesivas

Acorde con la brutal y desencantada visión de Plainview, el relato de PTA huye de las presuntas certezas del cine clásico. Y la película, sin perder su estructura central —guiada por el camino seguido por el protagonista—, deriva en una serie de digresiones que, en vez de bloquear la narración, redimensionan la gran historia que nos están contando. Entre todos los elementos que maneja el director —un genio en el uso del plano secuencia—, destaca la equilibrada incorporación de escenas excesivas que bordean la peligrosa línea que delimita lo ridículo de lo sublime. Instantes como la primera ceremonia exorcista en la iglesia de Eli Sunday (sobrecogedor Paul Dano), como la caótica y fantasmal explosión de petróleo en el pueblo (con las siluetas expresionistas de Plainview y su ayudante abrazadas tras el fuego) o como la arrolladora lucha final en la bolera. Momentos plenamente andersonianos en los que el espectador, si bien no ve irrumpir harmonios en la calle o ranas en el cielo, queda tan desconcertado como fascinado ante lo que está viendo.

El exceso también alcanza a dos de los elementos más cuidados de Pozos de Ambición: la banda sonora y la interpretación de Daniel Day Lewis. De la actuación histriónica y subyugante del actor londinense sólo decir que, pese a romper enloquecidamente con todas las reglas de un manual para intérpretes, deslumbra tanto o más que la propia película. Y de la composición orquestada por Jonny Greenwood, considerar que oscila, al igual que el filme de PTA con la historia del cine, en numerosos terrenos melódicos que van desde Brahms hasta la electrónica tribal. De modo que, tal como sucedía en Punch Drunk-Love con los ritmos de Jon Brion, la música no sólo se adapta a las imágenes, las transforma.

4) Incertezas finales


Llegados a este punto, sólo me gustaría apuntar que ante la brillantez de una película como Pozos de ambición —que, a mi modo de ver, sólo falla en la un tanto reiterativa parte central que me remite a la sólo correcta Gangs of New York— no caben certezas analíticas. Y es preferible dejarse llevar por la emoción, por la interacción y las dudas que la película despierta en cada uno de nosotros. Sólo así se puede llegar a conectar con una pieza artística de este calibre en la que se nos replantea nuestra forma de ver la vida y el cine. Y ante la que surgen inquietantes preguntas que nos dejan sin respuesta.

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