lunes, 1 de diciembre de 2008

Serra & Chaplin

Es la última polémica dentro la comunidad cinéfila y no puedo resistirme a dejar constancia de ella en el blog. El cineasta catalán Albert Serra ha arremetido contra uno de los iconos de la cinefilia mundial, Charles Chaplin. Y no lo ha hecho sólo en unas declaraciones que pretenden provocar a los que se escandalizan fácilmente, sino con una breve obra presentada en el festival de Gijón y propia de la era youtube que, en mi caso, más que invitarme al debate, me despierta risa y una considerable vergüenza ajena. La jugada, sin embargo, tiene algo de atractiva y más cuando se trata de polemizar sobre un cineasta intocable. Dudo que una pieza como "Fiasco" tenga un valor artístico, pero hay opiniones para todos los gustos y ha generado discusiones apasionantes. También a Dalí le gustaban este tipo de chorradas y, con el tiempo, se las hemos tolerado. ¿Pasará lo mismo con Serra? Un director tan apreciable como pretencioso que, dicho sea de paso, nunca creo que alcance el talento del responsable de El gran masturbador o del cineasta que parió La quimera de oro.

Aquí os dejo el enlace con el corto de Serra en cuestión para que cada uno saque sus propias conclusiones y luego una crítica que hice, años atrás, de Tiempos Modernos. ¿Seré yo también un putrefacto sentimental por mi forma de asimilar a Chaplin? ¡No lo sé ni me importa!



Oda al hombre


A Charles Chaplin no le daba reparo admitirlo (1). Mientras otros buscaban la trascendencia, él sólo confiaba en la risa. La pantomimia, la parodia de las buenas costumbres. Charlot, su álter ego vagabundo, decía -sin abrir la boca- lo que se callaban los charlatanes de su época. Y conseguía reflejar las angustias del hombre de a pie mediante el slapstick, un subgénero presuntamente evasivo que, en manos del cineasta inglés, resultaba el más corrosivo de todos. Si bien los primeros trabajos de Chaplin carecían de transgresión, la depuración formal de su cine pronto conllevaría un aumento de los ingredientes de sátira social -mediometrajes como Vida de perro (1918) o El peregrino (1923) ya hacían hincapie en ello- que se irían incorporando progresivamente hasta alcanzar una calculada precisión en Tiempos Modernos, obra cumbre de la historia del cine y brillante despedida del personaje de Charlot en plena época sonora.


Apenas pasan unos segundos del filme, pero la aparición del omnipresente reloj, del apático desfile del rebaño de obreros y del aséptico despacho del capitalista-demiurgo no llevan lugar a dudas. Chaplin ha visto Metrópolis y las referencias estéticas a la visionaria película alemana son más que evidentes en el primer tramo de la fábrica. Por fortuna, las similitudes entre el filme del inglés y el de Fritz Lang se acaban aquí. La candidez casi reaccionaria de Metrópolis -la película, en su vergonzosa conclusión, parece decirnos que las clases pobres deben permanecer inamovibles ante la mayor inteligencia de los burgueses- no está presente en Tiempos Modernos. Un trabajo que tampoco pretende ser ni comunista ni revolucionario, pero que reivindica la figura del hombre ante la deshumanización provocada por la omnipresente presencia de las máquinas. La entrada literal de Charlot dentro de la propia cadena de montaje es, por tanto, algo más que un ingenioso gag visual. Es la imagen que simboliza la opresión de un trabajador asfixiado por la tecnología, las tareas repetitivas y la explotación laboral.


Habrá quien vea en tal osadía visual una banalización de la realidad, una forma edulcorada de retratar la crítica situación de una sociedad americana hambrienta. Pero las intenciones de Chaplin iban mucho más allá. Ejerciendo de privilegiado bufón dentro de Hollywood, el inglés firmó una película de doble filo en la que tanto ridiculizaba el taylorismo como conseguía despertar la sonrisa de un espectador necesitado de magia y evasión. Tal vez Tiempos Modernos no fuese concebido como un filme anti-sistema pero, aún hoy -en un mundo capitalista global cada vez más deshumanizado-, sigue siendo una obra modélica en el uso del humor como algo más que una vía de escape.


En tiempos de monólogos inacabables, la precisa construcción de los gags visuales es quizás lo que más fascina de la película. Chaplin sitúa (en la secuencia que ejerce de camarero con el pato, en la del baile de los grandes almacenes o en la de la cocaína en la cárcel) todos los elementos en pantalla, muestra en planos generales los objetos con los que construirá una situación cómica previsible y, aún así, consigue que nos riamos. El juego con el suspense, las posibilidades del escenario, el ritmo musical y la carga social de lo que va a suceder acaban generando en el espectador una sonrisa tan irónica como ingenua, sólo al alcance de otros genios mudos como René Clair o Buster Keaton.


El sonido, aunque cueste creerlo en una obra protagonizada por un mimo, es también esencial en Tiempos Modernos. Tras la gratificante experiencia con el acompañamiento musical sincrónico de Luces de la Ciudad, Chaplin se siente libre para experimentar con las nuevas posibilidades del cine sonoro. No hará hablar a Charlot -que sólo cantará en la babélica, y por tanto tan universal como el cine mudo, versión de “Le cherche apres Titine”-, pero sí jugará con la música, los efectos sonoros e incluso los -escasos- diálogos. El ritmo acelerado de todo el filme -los personajes parecen moverse al son de la música- consigue arrastrar al espectador a un mundo de emociones y la lúcida vengaza contra el cine hablado -sólo los malvados, es decir, el jefe de la fábrica y los que intervienen a través de máquinas, tienen la capacidad de emitir sonidos- fascina por su ingenio y por la reflexión metacinematográfica que conlleva.


Mientras que el, aún selectivo y limitado, uso de ruidos (el tráfico, las bocinas, los silbatos, el movimiento de una puerta) sólo parece ser un avance del genial trabajo de Jacques Tati, heredero hierático e iconoclasta de Chaplin que, desde la modernidad, supo configurar un discurso propio sobre los problemas ya presentes en Tiempos Modernos. Y es que, en el fondo, Playtime no es más que una deslumbrante actualización de los temores de Chaplin. Una cinta en la que el abuso de las tecnología ya ha suplantado al hombre y su tradición. Un trabajo en el que la acumulación de efectos sonoros desconcertantes y la homogeneización urbana incomodan a un desorientado Monsieur Hulot que, al igual que Charlot, reivindica al ser humano desde la excentricidad.


Porque, por mucho que se diga, Tiempos Modernos no es una obra sobre la comunidad obrera, ni tan siquiera un trabajo sobre los peligros de la mecanización laboral. Es mucho más que eso. Es, como Playtime, una oda universal al individuo, una reivindicación de la diferencia ante las nuevas corrientes que el sistema pretenda imponernos. Un filme que, más allá de todo su valor satírico y de su visión conformista ante la posibilidad de cambios sociales, nos invita a vivir como nos apetezca -y a ser posible, acompañados- en un mundo incomprensible y hostil.


(1) En su textoEl gesto comienza donde acaba la palabra o ¡los talkies!, publicado en 1928 por el Motion Picture Herald Magazine de Nueva York, Chaplin asegura algo tan honesto, e impropio de un autor al uso, como lo siguiente: “Si mis comedias mudas siguen divirtiendo por una tarde al público, me sentiré plenamente satisfecho...”.


11 comentarios:

M. Jordan dijo...

Aish, Serra ha tocado una piedra de las grandes. Me temo que a estas alturas ya no sorprende nada de lo que diga, y me temo que las intenciones se le ven a legua. Este hombre es un showman, aunque es una lástima que no se una al club de Kevin Smith y se monte una gira para hacer "monólogos interactivos".

Gracias Carles por acercar(me) un trocito de Gijón, se me habría pasado por alto este tema si no fuera por tu blog.

Un abrazo!

JOAQUÍN VALLET RODRIGO dijo...

Desde luego, hay gustos para todo. Creo que este tipo de declaraciones tan deliberadamente provocadoras solo buscan impactar gratuítamente a quienes las lean y hacerse el consiguiente eco publicitario. La cosa no tiene más misterio. Además creo que Serra se vuelve anacrónico al incidir en la ya caduca predilección por la cual "o te gusta Buster Keaton o te gusta Chaplin, pero no los dos a la vez", que ya expuso maravillosamente Bertolucci en su espléndida "Soñadores". Una visión totalmente superada. Yo, por ejemplo, me quedo con los dos. Y, desde luego, Chaplin me parece uno de los grandes genios del Arte del S. XX. Por cierto, magnífico artículo, Carles (como de costumbre, por otra parte).

Carles Matamoros dijo...

Gracias por vuestros comentarios...Por lo que veo os habéis quedado más con las declaraciones de Serra que con su corto en cuestión, je.

Es cierto que sus palabras suenan un poco pasadas de moda, fuera de época incluso. Pero siempre he pensado que a un cineasta se lo debe juzgar por su obra y no por sus palabras. Que Fiasco me parezca un chiste sin demasiada gracia, no implica que algunos aspectos del Serra director me interesen bastante.

Pero bueno, yo también me quedo con Chaplin y Keaton. Eso de los bandos ya está totalmente superado.

Saludos

M. Jordan dijo...

El corto está hecho con desgana, reconozcámoslo. El problema que puede tener Serra es precisamente que su cine quede oculto tras su pose, y no lo digo porque la crítica le dé la espalda sino porque sólo tiene dos películas y en la segunda ya chirrían algunos aspectos además de presentar interrogaciones sobre su futuro más próximo.

Estoy de acuerdo contigo en que al cineasta hay que juzgarlo por su obra, pero a la persona se le juzga por sus palabras y el problema de Serra es que esas dos partes están descompensadas. Esperemos que el segundo no se coma al primero.

JOAQUÍN VALLET RODRIGO dijo...

Acabo de ver el corto (antes solo había leído la entrevista). Sencillamente, el delirio de un pedante. Es lo único que le he visto a este señor pero el rollito "naranja mecánica" para "ridiculizar" a Chaplin me parece vacuo y patético. Por no comentar las ínfulas de autoría ("un cortometraje de..."). ¡En fin!, creo que éste señor no merece mayores comentarios. Me remito a mi anterior mensaje y a las acertadas palabras de M. Jordan.

Un saludo, Carles

El misionero dijo...

Como ese vídeo hay un millón (o más) colgados en internet y con más talento o sin ninguno, que es lo mismo. Es la historia del traje del emperador y de la dictadura de la moda (¿o era la moda de la dictadura?). Serra va desnudo y tiene la picha bastante pequeña.


un saludo Carles

Carles Matamoros dijo...

Bastante de acuerdo con lo que habéis expuesto todos sobre Fiasco. Aunque sigo pensando que los dos largos de Serra son de considerable interés. Y más en un panorama tan árido como el del cine español...Tengo mucha curiosidad, misionero, sobre lo que escribirás sobre El cant dels Ocells...Espero tu crítica con impaciencia.

Y sí, Serra la tiene pequeña. ¿Por eso tendrá tantos complejos?

El misionero dijo...

Para mí, pedirme esa crítica es una apuesta fuerte (¿arriesgada?)porque sé que voy a estar en un extremo o en otro. Que me dejara frío, sería lo más raro. Por eso tengo ganas de escribirla e intentar descubrir a un autor que de momento es más un bocas que una voz. Fiasco me parece la nada y Honor de Cavallería me decepcionó profundamente, aunque le reconozco cierto arrojo y un grado de insobornabilidad bastante considerable.

Lo del pene era un chiste no sé si fácil, pero que venía a huevo(s).

un abrazo

LadyM dijo...

El mayor error es tomarse en serio las palabras de Serra...diga lo que diga...

Su cine me interesa. Sus opiniones no. Sin más.

Jordi Rodríguez dijo...

No he podido ver el documental en el Albert Serra se refiere a Chaplin. Conozco su opinión sobre el respecto: el opina (como muchas personas) que hay un antes y un después de CVhaplin. Cambia a partir de que empieza a plantearse el mensaje de sus pelícuilas, es decir, cuando le llenan la cabeza (críticos de cine) que hay un mensaje psicológico...ahí Chaplin pierde la "animalidad" que tenia... ahí empieza a comportarse comom la mayoria de actores: comportase como loros que repiten diálogos, disfrazados con mantas psicólogicas... Albert serra critica eso...no a Chaplin. Gracias.

Anónimo dijo...

Amigo Jordi, sin duda su interpretación es rebuscada. Serra ni dice ni opina eso. Lo que deja claro es que es un putrefacto sentimental y que no vale para nada. Yo he visto el corto y es de una desverguenza increíble. No por hacerlo.. sino porque se hizo para sacar la pasta de La Caixa.