domingo, 31 de agosto de 2008

Postales venecianas (2)

Aquí sigo; viendo películas, haciendo amigos y buscando desesperadamente un lugar en el que comer decentemente. En contra de lo que me habían contado, en el Lido la gente también se mueve en pequeños grupos. No es como en Cannes (allí hay auténticas pandillas de críticos), claro, pero los días son mucho más agradables con algunas de las personas que he hido conociendo más a fondo durante las largas jornadas cinéfilas. Imagino que cubrir el festival en soledad debe ser una gran putada y yo tengo la suerte de poder compartir conversaciones con Fran Gayo (Festival de Gijón), Manu Yáñez (Fotogramas), Sara (Público), Begoña (Yo Dona), Mateo (Efe) y Jordi Picatoste (Abc). Un buen grupo, sí señor.

Las sensaciones generales, por ahora, no son demasiado buenas en la competición oficial. Por ahora, la sección menos atractiva de esta 65 edición. Manu y yo aún hemos disfrutado de varios títulos, pero el resto de la pandilla no muestra el mismo entusiasmo. La llegada de los italianos ha empeorado las cosas y sólo el último filme de Claire Denis (fuera de concurso) nos ha puesto, más o menos, de acuerdo.

En cuanto a hoy, hemos visto un buen Miyazaki y un documental de viajes bastante interesante, titulado In Paraguay. Un par de propuestas más a sumar en la lista de filmes recomendables y de los que ya os hablaré con más calma.

Os dejo aquí la crónica que envié ayer por la noche a Miradas. Creo que, esta vez, no me ha quedado un texto tan serio-periodístico como el anterior. Pero ya me diréis vuestra opinión...

Hasta pronto,
Carles

viernes, 29 de agosto de 2008

Postales venecianas (1)

Venecia es una ciudad deslumbrante, pero los acreditados para la Mostra no podemos visitarla. Vivimos encerrados en el Lido -una pequeña isla a la que accedimos vía vaporetto- dónde, tras superar diariamente las medidas de seguridad, nos dedicamos a ver una película tras otra. No todo nos convence ni siempre tenemos clara nuestra opinión, pero cada tarde luchamos por una silla (y un enchuche) en la sala de prensa. Y allí, bajo presión, nos toca posicionarnos.

En mi primera crónica hablo de tres de las películas más esperadas: Shirin (Kiarostami), Aquiles y Tortuga (Kitano) y Quemar antes de leer (Coen). También dedico unas líneas a la última joya de Christian Petzold, Jericow. He visto unas cuantas películas más. Entre las más destacadas, Encarñaçao do Demonio, una delirante serie z plagada de canibalismo, carne y sexo. Digna de un maestro del terror brasileño como José Mojica Marins.

Ahora, mientras me introduzo en el mundo de la crítica internacional y española (es posible que, además de en Miradas de cine, acabe publicando algo en un periódico, veremos), me preparo para asistir al debut tras las cámaras de Guillermo Arriaga, el temible guionista de Babel. Se quiera o no, el suyo es uno de los filmes más esperados. También disfrutaré pronto (o eso espero) del último trabajo de Claire Denis. A ver si con 35 rhums, la directora francesa logra el consenso de prensa y público. Ninguna película, por ahora, lo ha conseguido.

Os dejo aquí mi primer artículo y el de mi célebre compañero de butaca, Manuel Yánez. Desde hoy os invito a participar en este post y en los siguientes. Preguntad lo que queráis, haced sugerencias, cuestionar mis crónicas. Esto sólo acaba de empezar y, entre otros placeres venecianos, ya he tenido la ocasión de entrevistar en petit comité a Takeshi Kitano. Esperemos que todo siga sobre ruedas.

Arrivederci tabernófilos!

sábado, 23 de agosto de 2008

Festival de Venecia: la cuenta atrás

Pues sí amigos, este blogger tendrá la suerte de asistir (por primera vez) a uno de los festivales más importantes del mundo. Nada más y nada menos que Venecia, el entrañable y deslumbrante certamen de la Biennale. Una oportunidad, ésta, que debo sin duda al prestigio creciente de Miradas de Cine que nos permite -a los que tenemos la suerte de participar en ella- conseguir todo tipo de acreditaciones festivaleras .

Si bien mis crónicas desde Venecia se irán publicando (y espero que leyendo) cada dos días en la web de la revista, no me gustaría que este blog quedara al margen de tan gratificante experiencia para un servidor. Por lo que -en la medida de lo posible- colgaré aquí (además de los enlaces a Miradas) tanto fotos, como comentarios de ambiente y opiniones sobre las películas de forma un pelín más impulsiva. Además, estaré en disponibilidad de responder a vuestras cuestiones sobre lo que os parezca. Tanto da si me preguntáis por la barba de George Clooney como por las texturas fotográficas de Claire Denis. Se hará lo que se pueda. Para mitigar la espera (quedan sólo cuatro días, amigos), cuelgo aquí una lista de mis películas más esperadas en una edición sin grandes cabezas de cartel americanos y que destaca (aparentemente) por las propuestas más bien minoritarias y sólo aptas para cinéfilos festivaleros.

Este es mi top 12:

Un Lac, de Philippe Grandrieux


Ponyo (Gake no ue no Ponyo), de Hayao Miyazaki


Shirin, de Abbas Kiarostami


35 Rhums, de Claire Denis


Les Plages D'Agnès, de Agnes Vardà


Burn after Reading, de Joel & Ethan Coen


Goodbye Solo, de Ramin Bahrani


Achilles And The Tortoise, de Takeshi Kitano


A Erva Do Rato, de Julio Bressane & Rosa Dias


The Wrestler, de Darren Aronofsky


Los Herederos, de Eugenio Polgovsky

Parc, de Arnaud des Pallières

jueves, 21 de agosto de 2008

Recuerdos de Sitges: The Host

¿Tiene usted entre 18 y 30 años, es aficionado al cine fantástico, habla catalán y está dispuesto a disfrutar de un hotel de cinco estrellas en la costa mientras degusta 45 películas en 10 días? Si es así, ya tarda en participar en la convocatoria que cada año organiza el Festival de Sitges para elegir a los cinco miembros del jurado joven. Llega usted tarde para la próxima edición -estos días se deciden (con célebres blogger@s entre los participantes) los finalistas-, pero no pierda una futura ocasión para intentarlo. El que firma estas líneas tuvo la ocasión de vivirlo en el 2007 y, con los primeros avances de la competición, ya le está entrando la morriña. Para remediarlo, recupero en este post una de las críticas (era en catalán, pero la he traducido) que me permitió gozar de tan fantástica experiencia. Aprovecho también para mandar ánimos a los que, próximamente, se juegan la posibilidad de estar en el jurado joven de 2008. Pase lo que pase, estaremos en Sitges disfrutando de un gran festival. Un evento que antaño nos propuso filmes tan estupendos como esta The Host que comento a continuación.

Una cuestión familiar

Se vierten productos tóxicos en un río y aparece un animal mutante. Asusta a la desconcertada población de la zona. Destroza casas y se traga personas. Nadie parece ser capaz de eliminarlo, pero un grupo de ciudadanos anónimos dan con una fórmula inesperada para batirlo. La bestia muere y todo vuelve a la normalidad. Éste podría ser el argumento de la enésima Monster Movie de orgullosa serie b. Pero es, eliminando ciertos matices, el de The Host, un trabajo que va mucho más allá de los arquetipos del género.

Dos son los datos que llaman la atención en los créditos del filme. La nacionalidad -coreana- y el director: Bong Joon-Ho. Y es que ni este país asiático tiene tradición de este tipo de películas ni el realizador de Memories of a murder parecía el más adecuado para una producción de esta magnitud. Pero la historia funciona. Engancha, emociona y genera simpatia. Quizás no es la obra maestra que muchos han querido ver -el filme decae demasiado cuando el monstruo no aparece- pero tiene suficientes alicientes como para satisfacer tanto a los aficionados del género como a los que aprecian las ficciones bien narradas.

Probablemente, la clave del triunfo artístico del filme esté en el punto de vista. Joon-Ho sabe llevarse la historia a su terreno y utiliza el monstruo como Macguffin. Como simple excusa para desarrollar un drama en una família coreana disfuncional. A diferencia de lo que sucedía en las Kaiju Eiga japonesas, el director de The Host no se interesa por el enfrentamiento bestia-ejército y convierte la lucha contra el monstruo en una cuestión familiar. El gobierno, que tanto peso tenía en Gamera o Godzilla, ahora no es más que un organismo molesto; más preocupado por el control de los ciudadanos que por la eliminación del animal mutante que los acecha.

Y es que The Host, fiel a la tradición de les grandes obras de ciencia ficción, es también una película política. Joon-Ho, que ya había mostrado con acierto la incompetencia del gobierno coreano durante los años 80 en Memories of a murder -en la que el poder destinaba más efectivos a la represión que a la investigación policial para encontrar a un asesino-, habla aquí de los peligros de una democracia capitalista. Una democracia débil -la de Corea del Sur- que depende demasiado de los dictados del gobierno estadounidense. País culpable aquí de un conflicto que -tal como ha sucedido en algunas guerras recientes- intentará solucionar por la fuerza desde una molesta superioridad moral.

Pese a ello, la lectura política es sólo una de las muchas posibles en este cocktail genérico que es The Host. Un filme que se acerca más a la versión de War of The Worlds de Steven Spielberg que a clásicos como King Kong o The creature from the Black Lagoon. Pues Joon-ho, al igual que el cineasta de orígen judío, nos pone en tensión desde un principio partiendo de una situación totalmente cotidiana. Consiguiendo que la aparición del monstruo -en un memorable plano secuencia en un parque lleno de transeúntes- resulte verosímil y que el espectador no se distancie de la dramática situación de la família protagonista.

Una familia en la que recaerá todo el peso del metraje. Dos horas de tensión y de humor negro que acabarán con un magnífico epílogo -más coherente que el Happy End de la película de Spielberg- que define simbólicamente la sociedad en la que vivimos. Una sociedad mediatizada de la que, de vez en cuando, conviene desconectarse apagando el televisor y recuperando una cierta calma y valores.

viernes, 15 de agosto de 2008

Aciertos y errores en The Dark Knight

Si hay algo que queda claro tras ver la película más comercial del año (un acontecimiento megapopular en tiempos de crisis para las salas, no lo olvidemos) es que el cine de Hollywood ha alcanzado un nivel de fragmentación de planos inaudito. Hasta el punto que en The Dark Knight -un título de 150 minutos-, no hay ni un solo tiempo muerto durante todo el metraje. Lo bueno del caso -digno de estudio para quien se atreva a contar los múltiples cortes de una sola secuencia- es que el filme de los hermanos Nolan es, a todas luces, magnífico. Pues en esa velocidad, en ese ritmo endiablado de montaña rusa sin bajones, es donde cabe hallar una de las claves del éxito de un trabajo que literalmente arrastra al espectador, lo engulle y no lo deja ir hasta los créditos finales.

Este triunfo artístico no sería tal sin un planteamiento argumental que sigue, sin dismularlo, las tesis planteadas en los cómics para adultos de Miller o Moore. Es decir, las reflexiones entorno a los dilemas morales del héroe y la condición crepuscular del mito. Batman, por tanto, no es ya un simple lunático con capa que se enfrenta a los ataques de un payaso, sino que en The Dark Knight es más bien un cuestionado justiciero que tanto rescata ciudadanos como perjudica el equilibrio de Gotham City. En esa lógica más realista -que quizás debería molestar a quienes defienden la tradicional suspensión de credibilidad de los tebeos- es donde se mueve una película que establece constantes puntos de contacto con un mundo actual corrompido e indudablemente plagado de mercenarios y terroristas.

A los Nolan les puede, sin embargo, su ambición. Pues en las desmesuradas pretensiones de la narración -la voz grave del héroe, el uso operístico de la música, los planos cenitales de la ciudad,...- se denota un molesto intento de trascendencia que el filme nunca alcanza del todo. Quizás porque los discursos rimbombantes de los personajes (explicativos a la par que confusos) no tienen la coherencia que deberían y porque tanto la existencia de dos clímaxs desiguales como los golpes de guión injustificados (la resurrección de Gordon) restan fuerza a un relato que, en general, sí está muy bien hilvanado.

De todos modos, lo que a mí más me defraudó de The Dark Knight -que repito, me ha parecido, en líneas generales, un muy buen trabajo- fue el miedo de sus responsables a asumir hasta las últimas consecuencias el lado oscuro del relato. No me parece lógico que tras plantar la semilla del mal y del caos -a través del anarquista personaje del Joker-, ésta nunca crezca del todo. Bien es cierto que numerosos televidentes se disponen a matar al tipo que quiere desvelar la identidad de Batman, pero, al final, los hermanos Nolan no se atreven ni a poner en entredicho la moral del héroe enmasacarado (que queda por encima del bien y del mal) ni la de los impolutos ciudadanos (en la sonrojante, inverosímil e incluso conservadora secuencia del ferry). Todo para dejar la sensación que el mundo no se sostendría sin justicieros (un poco a lo Liberty Valance pero con menor complejidad).

Definitivamente, a uno le queda la sensación que los Nolan no tienen las agallas que sí tuvo el Fritz Lang de El Testamento del Doctor Mabuse. Será porque ahora están al servicio de un blockbuster o porque, a lo mejor, han dejado atrás su oscura visión de la naturaleza humana que tan bien supieron reflejar en el desalentador final de Memento (ver crítica aquí).

jueves, 14 de agosto de 2008

Jukebox cinéfila

Aquí empezamos un nuevo espacio del blog dedicado a recordar aquellos minutos musicales que tanto nos han emocionado en el cine. El baile, el karaoke, las coreografías, los playbacks...todo cabe en nuestra arcádica jukebox particular. Se aceptan peticiones. Hoy, dos clásicos y una delicatessen para empezar:

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More than this (Bill Murray versionando a Roxy Music y enamorándose en Lost in Translation)


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In Dreams (Ben despierta los sueños ocultos de Frank gracias a Roy Orbison en Blue Velvet)

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The rythm of the night (La danza macabra de Denis Lavant en el revelador y catártico final de Beau Travail)

sábado, 9 de agosto de 2008

Una década prodigiosa: Los 40 en Miradas (1)

Pues sí. Ya tenemos aquí la primera parte del ya tradicional especial veraniego de Miradas de Cine sobre una década cinematográfica. Esta vez tocan los años 40 y hemos preferido comentar títulos no tan obvios como de costumbre. Están Ivan el Terrible, El sueño eterno y Los viajes de Sullivan, pero también películas olvidadas como El Gran Calavera, Passionate Friends o Lousiana Story. Aún no me lo he leído completo, pero hay textos de todo tipo y algunos son especialmente sugerentes y reivindicativos como el del legendario Miguel Marías. Mi participación -a falta de un artículo sobre Luna Nueva de Hawks que se publicará en la segunda parte del dossier- se limita a una crítica de Ser o no Ser que os dejo a continuación. Espero haber estado mínimamente a la altura de tan extraordinaria película.

A vueltas con la representación

Me resisto a creer que el nombre de Ernst Lubitsch está siendo olvidado. Pero me temo que es así. La nueva cinefilia —de la que generacionalmente me siento partícipe— no habla ya casi del director alemán y lo considera un buen cineasta más de la era clásica al que no apetece revisar desde el presente. Lo mismo sucede con Ophüls, Tourneur, Ray, Sturges, Walsh o incluso Lean. Autores brillantes que, más allá de un par de títulos míticos (o ni eso), han dejado de cotizar en la bolsa crítica. Una tendencia, ésta, que tiene mucho de aquello de matar al padre (o, al menos, los gustos de éste) y que suele repetirse cada tantos años con nombres distintos. Hoy nos gustan Ozu, Browning, Garrel, Suzuki o Cassavetes. Mañana serán (como lo fueron ayer) Greenaway, Kim Ki Duk, Wong Kar Wai o Kusturika. Y así, infinitamente. Sin embargo, Lubitsch —así lo creo yo— nunca debería haber entrado en este intercambio de cromos. Es —como lo son Hitchcock, Murnau, Ford y unos pocos más— un pilar esencial. Sin sus películas —que llevaron al límite las posibilidades de la comedia dentro de los grandes estudios— hoy no existirían ni Judd Apatow ni Wes Anderson. Ellos —como tantos otros comediantes— le deben mucho a un hombre que, al alcanzar la máxima sofisticación posible dentro de los límites del clasicismo, abrió las puertas a otro tipo de sensibilidades humorísticas. Ninotchka, Un ladrón en la alcoba o Una mujer para dos nacieron para quedarse y sería muy absurdo que ahora las olvidásemos. Es cierto que el género ha mutado, pero las comedias de Lubitsch —de indudable importancia artística e histórica— no deberían quedarse como lujosas piezas de museo. Necesitan —como toda película— de un espectador que las (re)interprete. Y, en parte, de ahí nace nuestro interés por recuperar un filme tan comentado como Ser o no Ser. Se trata, quizás, del único clásico de Lubitsch que aún es realmente popular, pero eso no es motivo suficiente para dejarlo de lado. Pues pensamos que nunca está de más volver a escribir sobre una película, aplicarle nuestra propia mirada e incorporarla a los diálogos del presente mientras cuestionamos su vigencia.

Más interesante si cabe es nuestra misión cuando el título en cuestión es el más representativo de la apasionante carrera de Lubitsch. El director berlinés tiene un montón de comedias geniales, sutiles e irónicas. Pero ésta es, seguramente, la que trasciende a todas ellas, el punto álgido de su filmografía. Desde el primer paseo del Hitler-actor por Varsovia, el espectador ya intuye que el cineasta maneja un juego de representaciones más complejo de lo habitual. Las normas sagradas de Lubitsch se han roto con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y las tensiones que antes latían en el fuera de campo resuenan ahora en primer término. Lo terrible alcanza dimensiones desconocidas, los enredos amorosos se revelan triviales y lo que resultaba una disputa de un trío, pasa a ser un conflicto que afecta a toda la comunidad. El horror nazi ha llegado y el director alemán no puede más que advertir a sus personajes —y por ende al público que convive con ellos— de lo que está sucediendo. Los rostros afectados de Maria Tura y su aviador dejan claro el posicionamiento moral de quien los dirige. Mientras ambos filtrean por segunda vez en el camerino, les llega la noticia de la guerra y, consecuentemente, no pueden más que conmocionarse. El cineasta sabe que la discusión de los amantes ya no tiene interés. La realidad se ha entrometido en la calma de la ficción y la bombardea. Desde ese momento, Lubitsch se ve obligado a transformar coherentemente su filme. Y lo que parecía una comedia romántica ubicada en los albores de la guerra, se convierte en una sátira social e individual sobre los responsables de ésta.

La crítica a los nazis de Ser o no Ser (aplicable a todo sistema autoritario) se basa sobre todo en dos mecanismos humorísticos: la imitación y la repetición. Al usar frases idénticas en diversas situaciones o en una misma escena e insistir con movimientos miméticos —como el de la mano alzada para saludar—, el cineasta consigue ridiculizar a los que llevan a cabo las acciones con gags a largo plazo y por acumulación. Mientras que al seguir el mecanismo de la imitación, el director plantea una reflexión mucho más amplia que va ligada al que es el gran tema de su filmografía: las apariencias. Lubitsch, que incluso en sus filmes más ligeros demostró ser un analista certero de los comportamientos sociales, propone en esta película un juego complejo de capas en el que varias identidades se superponen como muñecas rusas. Con disfraz o sin él, los personajes principales actúan camaleónicamente a varios niveles según la situación en la que se encuentran. A veces interpretan a otra persona, en ocasiones fingen ser quien no son para conseguir lo que quieren y, casi siempre, dicen indirectamente lo que piensan para guardar las apariencias. Sus acciones no son juzgadas por el cineasta que, huyendo de maniqueísmos, se atreve a retratar sin connotaciones negativas a los individuos nazis (resultan simpáticos, nunca les vemos matar a nadie). Todo ello sin rebajar la fuerza del mensaje contra el sistema hitleriano y con la intención de hacer explícita —y exagerada— la importancia que la representación tiene en la vida humana en general y en los regímenes fascistas en particular.

Entre otros juegos de apariencias, en Ser o no Ser asistimos a las calculadas coreografías del Führer y su ejército en el teatro, a los constantes cambios de máscara (y de guión) de los miembros de la resistencia y a las contradicciones de unos soldados alemanes que, siguen fielmente a su líder, pero, a su vez, se ríen de él a sus espaldas. Situaciones, éstas, que ayudan a configuar un filme tan delirante como inapelable. Una pieza maestra que, pese a poner en evidencia su artificio —se representa la invasión de Polonia en un plató, con intérpretes que conversan en inglés y sin violencia explícita—, consigue desenmascarar la realidad desde la ficción, desvelar la esencia de la hipocresía humana a través del sentido del humor. Sólo por ello ya merecería la pena revisar la película pensando en el mundo de hoy. Más de uno se llevaría una agridulce sorpresa.

viernes, 8 de agosto de 2008

¿Es There Will Be Blood una obra maestra?

Sigo con mis dudas veraniegas y cinéfilas. Esta vez con la que fue una de las películas más aclamadas de finales de 2007 y principios del 2008: There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson. A falta de revisar la película en dvd (en breve se editará en España y me apetece aclararme), sigo pensando que es un gran trabajo. Pero su distanciamiento total del espectador me impide recordarla con la emoción que sí me transmitió (sobre todo intelectualmente) en un primer visionado. Mientras dos títulos de la misma época, No Country for Old Men y We Own the Night, no hacen más que crecer y crecer en mi maltrecha memoria. Por ello acudo a vosotros como tabla de salvación...

¿Os parece
There Will Be Blood la obra maestra que se dijo? Aquí os dejo mi crítica (entusiasta) en el especial que hicimos en Miradas de Cine. Que siga el debate!

Preguntas sin respuesta

1) Apunte amoral

En una reciente conferencia celebrada en Barcelona, el prestigioso crítico cinematográfico Jonathan Rosenbaum se mostraba preocupado ante la alabanza unánime que estaba despertando No es país para viejos, la última (y, a mi modo de ver, extraordinaria) película de los hermanos Coen. La inquietud del analista mutante no iba tanto por la calidad de la propuesta, sino más bien por una presunta ausencia de mensaje en ella. No es que con los años el bueno de Rosenbaum se nos haya vuelto un moralista; es que, según su percepción, el cine norteamericano reciente ha entrado en una peligrosa tendencia amoral. Hasta el punto que, a día de hoy, coinciden en la cartelera española tres películas (No es país para viejos, Sweeney Todd y Pozos de Ambición) protagonizadas por personajes al margen de toda condición humanista e ideológica. Este hecho circunstancial —que, desde mi geográficamente limitado punto de vista, surge a partir de la crisis moral que se intuye en la sociedad estadounidense tras el fiasco de Irak— viene a confirmar una nueva pérdida de la inocencia en la industria de Hollywood que, tras años desconectada de la realidad, vuelve a mirar hacia los rompedores años 70. Aunque lo hace —y de aquí viene quizás la preocupación de Rosenbaum— desde un tamiz posmoderno en el que no hay lugar para soluciones esperanzadoras.

Sea como fuere, las reflexiones del periodista cinematográfico del Chicago Reader nos sirven también para poner en duda nuestras aseveraciones sobre la sociedad norteamericana. Porque, a veces, la visión de la crítica europea sobre lo que debe ser buen cine estadounidense está demasiado condicionada por la distancia y por cuestiones ideológicas. Y es que, aunque nos esforcemos, no es fácil comprender, sólo a través de sus películas, a un país tan inabarcable como Estados Unidos. Por ello, me parece más razonable analizar un filme como Pozos de ambición desde una mirada personal y cinéfila. Y no tanto desde una perspectiva sociológica o política. Dicho esto, considero que el último trabajo de Paul Thomas Anderson (PTA, a partir de ahora) es, además de muchas otras cosas, un extraordinario recorrido a través de la historia del cine estadounidense y de cómo éste ha reflejado, durante más de cien años, las transformaciones del territorio norteamericano tras la invasión colonial.

2) Historia del cine y empatía

El primer tramo de la película, que remite inequívocamente a la época muda (pese al brillante uso del sonido), nos descubre ya el tono que seguirá el resto del metraje. Un tono oscuro y desmesurado en el que la lucha de un hombre por la supervivencia llegará a través del esfuerzo y la ambición. Poco importan las huellas morales o físicas (la cojera, la sordera o la suciedad) porque el camino de Daniel Plainview/Day-Lewis ya está marcado de antemano y nadie se atreverá a cruzarlo. Tras salir del pozo, el petrolero adoptará el rostro benévolo del capitalista y, gracias al egoísmo y al trabajo (es destacable que PTA, a diferencia de otros cineastas pretendidamente sociales, dedique muchos fotogramas a mostrar el esfuerzo de los obreros), conseguirá alcanzar un status social equivalente al del paradigmático Charles Foster Kane. La búsqueda de la riqueza o del amor no serán, sin embargo, motivos de peso para Plainview que, al final de la película, alcanzará un estado de degradación más temible que el del magnate wellesiano. Hasta el punto que su personaje —que actúa con la soberbia de un capo de El Padrino ante la llegada de su propio hijo adoptivo—, nada tendrá en lo que sujetarse. Ni la fe, ni la familia, ni un Rosebud que justifique sus actos.

Las motivaciones de Plainview (que evoca pero no imita a los grandes emprendedores de la historia del cine) serán, por tanto, terriblemente ambiguas y amorales. Indescifrables para un espectador que se verá sometido a una terapia de choque en la que el pilar de la narración será un tipo desinteresado por el amor, por el sexo y por todo lo que no tenga que ver con el individualismo extremo, la misantropía o el nihilismo. ¿Valores? que no despiertan precisamente la empatía por un protagonista que, aun siendo atractivo e interesante en todo momento, se aleja del resto de creaciones del genial PTA.

Excéntricos, desubicados, luminosos, egoístas e incluso violentos, los personajes de este director californiano eran, pese a sus defectos, seres cercanos con quien era fácil identificarse. Algo que ya no sucede en Pozos de Ambición. Quizás porque Plainview se ha visto arrebatado de valores humanos y ha perdido toda fe en las relaciones personales. Nada sabemos de su pasado (y en ello nos recuerda a los justicieros fantasmales del western crepuscular), pero intuimos que algo grave le sucedió —la escena en la que llora observando una foto en el diario de su hermano— y ha condicionado para siempre su existencia. Esto no explica ni justifica su punible comportamiento durante varias décadas, pero sí nos sirve para descubrir, como muy bien argumenta Manuel Yáñez en su crítica de la película para la revista Otros Cines, lo que sería un mundo carente de amor. Un universo terrorífico en el que Barry Egan, el brillante personaje de Punch-Drunk Love, nunca se hubiera enamorado de Lena Leonard y hoy sería un ser violento y enloquecido, abrumado por los vínculos familiares y sociales que tanto teme el protagonista de Pozos de Ambición.

3) Digresiones excesivas

Acorde con la brutal y desencantada visión de Plainview, el relato de PTA huye de las presuntas certezas del cine clásico. Y la película, sin perder su estructura central —guiada por el camino seguido por el protagonista—, deriva en una serie de digresiones que, en vez de bloquear la narración, redimensionan la gran historia que nos están contando. Entre todos los elementos que maneja el director —un genio en el uso del plano secuencia—, destaca la equilibrada incorporación de escenas excesivas que bordean la peligrosa línea que delimita lo ridículo de lo sublime. Instantes como la primera ceremonia exorcista en la iglesia de Eli Sunday (sobrecogedor Paul Dano), como la caótica y fantasmal explosión de petróleo en el pueblo (con las siluetas expresionistas de Plainview y su ayudante abrazadas tras el fuego) o como la arrolladora lucha final en la bolera. Momentos plenamente andersonianos en los que el espectador, si bien no ve irrumpir harmonios en la calle o ranas en el cielo, queda tan desconcertado como fascinado ante lo que está viendo.

El exceso también alcanza a dos de los elementos más cuidados de Pozos de Ambición: la banda sonora y la interpretación de Daniel Day Lewis. De la actuación histriónica y subyugante del actor londinense sólo decir que, pese a romper enloquecidamente con todas las reglas de un manual para intérpretes, deslumbra tanto o más que la propia película. Y de la composición orquestada por Jonny Greenwood, considerar que oscila, al igual que el filme de PTA con la historia del cine, en numerosos terrenos melódicos que van desde Brahms hasta la electrónica tribal. De modo que, tal como sucedía en Punch Drunk-Love con los ritmos de Jon Brion, la música no sólo se adapta a las imágenes, las transforma.

4) Incertezas finales


Llegados a este punto, sólo me gustaría apuntar que ante la brillantez de una película como Pozos de ambición —que, a mi modo de ver, sólo falla en la un tanto reiterativa parte central que me remite a la sólo correcta Gangs of New York— no caben certezas analíticas. Y es preferible dejarse llevar por la emoción, por la interacción y las dudas que la película despierta en cada uno de nosotros. Sólo así se puede llegar a conectar con una pieza artística de este calibre en la que se nos replantea nuestra forma de ver la vida y el cine. Y ante la que surgen inquietantes preguntas que nos dejan sin respuesta.

martes, 5 de agosto de 2008

¿Os acordáis de Expiación?

Dado que lo prometido es deuda...Sigo recuperando artículos y organizando este blog en plenas vacaciones. El de hoy es un artículo de Expiación:más allá de la pasión, publicado unos meses atrás en Contrapicado. No me gustó demasiado la película y ya casi me he olvidado de ella. La semicomparé con la estupenda novela de McEwan en la que se inspira -en un ejercicio que generalmente se me antoja innecesario- y no encontré los valores que sí destacaron otros críticos. ¿Qué os pareció a vosotros? En ocho meses ha llovido mucho y no sé si el recuerdo beneficia a titulos tan insulsos y coyunturales como este...


McEwan no es Austen

Apenas un par de capítulos y uno ya se da cuenta de ello. A Ian McEwan le apasiona Jane Austen. No es que la cite en la primera página de su "Expiación" -la magnífica novela arranca con un fragmento de "La abadía de Northanger"-, es que va mucho más allá y la reivindica en cada una de sus frases. El tono intimista, la ironía, los conflictos de clase... muchos de los grandes rasgos de la autora de Orgullo y prejuicio siguen presentes en un trabajo que, pese a haber sido escrito a principios del siglo XXI, dialoga de tú a tú con las grandes novelas decimonónicas. Un diálogo en el que, sin embargo, ambos interlocutores literarios no comparten del todo el mismo punto de vista. Al fin y al cabo, han pasado casi doscientos años y, por mucho que la renovadora prosa de Austen siga vigente, McEwan es un narrador autoconsciente que sabe beber de la tradición sin resultar arcaico. Del mismo que Joe Wright y su equipo -sobre todo la guionista Deborah Moggach- actualizan y recuperan la esencia de Austen en su notable Orgullo y prejuicio, el autor de “Amsterdam” consigue ser fiel a las bases de la literatura británica con una narración metalingüística propia de nuestro tiempo. Desafortunadamente, no puede decirse lo mismo de Expiación: más allá de la pasión, la adaptación que intenta trasladar al cine la compleja obra de McEwan

La elección de Wright para la dirección parecía, a priori, acertada. Y más sabiendo que el resto de colaboradores del filme eran casi los mismos de su ópera prima. Pero el enfoque tomado por el guionista Christopher Hampton trivializa la esencia de la novela. Si bien McEwan parece haber quedado satisfecho con el resultado de la película -quizás porque el lúcido epílogo del filme recupera, parcialmente, el espíritu de su libro-, lo cierto es que Expiación: más allá de la pasión es un trabajo tan malogrado como indefinido. Las expectativas que se generan en los primeros 45 minutos (relato intimista, narración múltiple, belleza plástica) se rompen repentinamente en un fragmento bélico que fracasa en su acusada pretensión grandilocuente (la impactante, pero innecesaria escena de la playa). Para, más adelante, pasar a una austera historia hospitalaria que, en vez de ser dolorosa, resulta demasiado suave y convencional, y a una breve disputa emocional en el piso de la protagonista que, pese a recuperar el tono inicial, no emociona por las chocantes reacciones de unos personajes que parecen haberse transformado al margen del público. Estos constantes e incongruentes cambios de registro acaban afectando gravemente a un filme que, a mi modo de ver, frusta tanto al cinéfilo exigente (que busca una reflexión tras la tópica relación chico-chica) como al espectador más ocasional que ve como muchas de las posibilidades de una gran historia de amor en tiempos de guerra se van al garete en un relato escindido y desaprovechado.

Sería excesivo pedirle a una gran producción de Hollywood una reflexión metacinematográfica equivalente al discurso metaliterario de "Expiación", pero, al menos, cabría exigirle una narración clásica emotiva y bien contada. Algo que tampoco acaba de suceder en esta película irregular en la que, sólo al final, se intentan plantear los conflictos que -en caso de encontrarnos ante una adaptación más arriesgada- deberían haber sido predominantes: la capacidad de la ficción para manipular la realidad y la imposibilidad de contar una historia siguiendo los caminos tradicionales. Y es que, pese a algunos detalles ingeniosos (la melodía principal con punteos de una máquina de escribir, los juegos con las luces antes del primer encuentro de los amantes, el noticiario para descubrir la popularidad de la pareja rica), Expiación: más allá de la pasión acaba resultando una película fallida. Una obra que, en su corrección académica, no sólo intenta parecerse a Orgullo y prejuicio en forma (además de compartir actriz, visualmente son películas casi idénticas) sino también en fondo. Un gran error que paga caro el espectador. Porque, aunque haya vínculos entre ambos escritores, adaptar a Ian McEwan no es lo mismo que versionar a Jane Austen.