miércoles, 31 de diciembre de 2008

¿Ha muerto el cinéfilo mitómano?


Aprovechando la publicación del enésimo manual dedicado a reivindicar los mitos del cine clásico, me pregunto -en este último día del año- si aún es posible una cinefilia tan idealista como la de antaño. No sé a vosotros, pero a mi me asaltan ciertas dudas. ¿Hemos dejado de ser mitómanos? ¿Padecemos de autoritis? ¿Todo este desencanto se debe a la pérdida de relevancia del cine como gran arte popular? ¿Soy el único que nunca va a ver películas por los rostros de los protagonistas? ¿Os seguís colgando pósters de Scarlett Johansson y Josh Harnett como nuestros padres hacían con Paul Newman o Marilyn Monroe?

Antes de que pierda el norte, os dejo una reseña un poco heterodoxa (publicada en Cinearchivo) del diccionario de actores en cuestión:

No recuerdo quién dijo que toda película es un documental sobre su propio rodaje. Pero tenía razón. Porque, además, cada filme suele ser también un documento sobre rostros, sobre cuerpos, sobre seres humanos. Solemos conocerlos como actores, pero lo que de ellos queda en nuestra memoria es algo más que el papel que interpretan; están los gestos, las sonrisas, las miradas, los andares. Instantes que de algún modo permanecen eternamente capturados, momificados, por un cinematógrafo que funciona como máquina del tiempo y que nos permite revivir fantasmas del pasado tantas veces como queramos. Algunos de estos espectros alcanzan, además, la categoría de mitos; de seres modélicos e intemporales que traspasan la barrera de la muerte. Ahí están, en el olimpo de los inmortales, Ingrid Bergman, Rita Hayworth, John Wayne o Marlene Dietrich. Todos intérpretes de una época -que, siendo muy generosos, podría abarcar desde los finales del cine mudo hasta los años 70- en la que una serie de actores -escándalos aparte- gozaban de un aura casi celestial que los convertía en intocables, en fuente de inspiración para mitómanos politeístas que descubrían en ellos a sus dioses (y diosas) particulares mientras crecían mirando hacia a la meca de Hollywood.

La postmodernidad, el implante definitivo de la televisión, la llegada de nuevas formas de ocio y la decadencia artística de la industria cinematográfica estadounidense acabaron de pronto con esa mitificación que se fue desvaneciendo considerablemente durante la década de los 80 y que, a día de hoy, parece fruto de una sociedad inocente y de un pasado falsamente legendario. Es cierto que, si nos fijamos bien, se siguen dando fenómenos púberes de lo más irracionales y desmesurados -ahí está el éxito de la serie de películas High School Musical-, pero parecen sólo caprichos adolescentes con fecha de caducidad que difícilmente perdurarán más allá de la veintena. Pues, para los cinéfilos que nacimos a partir de los 80, las estrellas de cine de nuestra generación ya no significan demasiado. No son más que seres simpáticos o ariscos, entrañables o apasionantes, pero nunca figuras sobrehumanas ni modelos de conducta. Ni tan siquiera presencias físicas que justifiquen el visionado de una película desapacible. En este panorama, no deja de ser sorprendente la proliferación de libros que reinciden en ese paraíso perdido y que nos incitan a comportamientos más propios de nuestros padres y abuelos. Quizás a ellos se dirige un manual tan completo como este Diccionario de Actores Cinematográficos que, tal como su nombre indica, “define” alfabéticamente a un millar de intérpretes (occidentales, mayormente estadounidenses y con la inevitable cuota española) que, según explica el autor de la obra, “han aportado algo a la historia del cine”.

Encomiable labor de documentación la de Manuel Gutiérrez Da Silva que en 658 páginas resume -en biografías de extensiones variables y siempre acompañadas de una foto, de un toque personal y de una (muy útil) filmografía completa de cada actor y actriz- las carreras de las personas que han hecho soñar a millones de espectadores frente una pantalla de cine. Incluyendo, asimismo, intérpretes consagrados de las últimas décadas -de Jean Claude Van Damme a Scarlett Johansson- que más que iconos socio-culturales son, a mi modo de ver, pasto de fenómenos fan e hijos propios de una época (la nuestra) en la que el arte se ha desacralizado, los referentes se han difuminado y el mirar hacia atrás es tan sólo un ejercicio nostálgico o incluso rancio. Pero, bueno, siempre nos quedará París. ¿O no?


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Disfrutad del próximo año y gracias por visitar de nuevo este pequeño lugar. Hasta pronto.

Carles

domingo, 21 de diciembre de 2008

Jukebox cinéfila (2)

En plena resaca posterior a una pre-fiesta navideña muy peculiar, os dejo tres fragmentos musicales que me hacen la vida más llevadera y me ayudan a recuperarme para los temibles días que se avecinan. Disfruten de esta segunda ronda de la jukebox cinéfila de esta taberna. Esta vez: una excentricidad y un par de delicatessens atmosféricas. Espero que les gusten:


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Zhang Ziyi y Odagiri Joe se declaran amor eterno cantando koi suru tansansui, una melosa y deliciosa balada que pone calma a esa locura llamada Princess Raccoon del gran maestro Seijun Suzuki. El musical definitivo de lo que llevamos de siglo, sin duda.

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El eco la muerte de Elliott Smith resuena en los interminables pasillos que Gus Van Sant recupera en Paranoid Park, su película más táctil y bella desde la insuperable Gerry. Los ralentís made in Christopher Doyle y las imágenes naturalistas nos evocan un mundo arrebatador al son de la preciosa The White Lady Loves You More.

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Hou Hsiao Hsien siempre ha estado entre los mejores narradores de la Historia, pero, en los últimos años, parece haber descubierto también el presente. Esta alucinante intro -a modo de viaje sensorial y temporal- nos da la bienvenida a su fascinante acercamiento a nuestros días, capturado en el sentir de esta Millenium Mambo. Un filme que no sería lo mismo sin este célebre tema de Lim Giong, titulado A Perfect Person.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El desaguisado de mi querido WKW


Reciclaje lustroso

"Ante el tan retrasado estreno de la (pen)última película de Wong Kar Wai (su versión redux de Ashes of Time ya lleva tiempo completada), es inevitable cuestionarse sobre la relevancia que el contexto juega a la hora de valorar justamente una obra y su creador. Pues lo que, un par de festivales de Cannes atrás, se dijo sobre My Blueberry Nights puede que, a día de hoy, ya no nos sirva de nada y más cuando la susodicha producción en cuestión —que se vendió como la primera piedra de la que parecía ser una prometedora carrera estadounidense del director chino— no ha cumplido las expectativas que se depositaron en ella y ha dejado al responsable de Happy Together en una inusitada encrucijada tanto a nivel profesional como artístico. Quizás, la perspectiva del paso del tiempo tampoco nos da ahora respuestas satisfactorias a las dudas (razonables) que suscita la futura trayectoria del aclamado cineasta oriental, pero sí nos ayuda a ser más precavidos, a distanciarnos de la urgencia del momento, y a no aseverar —como muchos ya hicieron— que WKW ha perdido definitivamente el norte y ya nunca volverá a recuperarlo. (...)"


Crítica de un servidor de My Blueberry Nights dentrodel pequeño especial dedicado a la controvertida figura de Wong Kar Wai en Miradas de Cine.

Saludos

jueves, 11 de diciembre de 2008

15è Festival de Cinema Independent de Barcelona: L'Alternativa


El último festival (esta vez sí) de mi larga temporada viajera de este año queda resumido en estas líneas que conforman una crónica (un pelín larga, disculpen los excesos) de l'Alternativa, una muestra ensombrecida por la de Gijón, pero que bien merece una visita por lo cómodo de su emplazamiento y por lo atractivo de su programación. Espero que el artículo os invite a recuperar algunos de los títulos que allí pudimos ver y que podamos repetir en la próxima edición.

Saludos,
Carles

lunes, 1 de diciembre de 2008

Serra & Chaplin

Es la última polémica dentro la comunidad cinéfila y no puedo resistirme a dejar constancia de ella en el blog. El cineasta catalán Albert Serra ha arremetido contra uno de los iconos de la cinefilia mundial, Charles Chaplin. Y no lo ha hecho sólo en unas declaraciones que pretenden provocar a los que se escandalizan fácilmente, sino con una breve obra presentada en el festival de Gijón y propia de la era youtube que, en mi caso, más que invitarme al debate, me despierta risa y una considerable vergüenza ajena. La jugada, sin embargo, tiene algo de atractiva y más cuando se trata de polemizar sobre un cineasta intocable. Dudo que una pieza como "Fiasco" tenga un valor artístico, pero hay opiniones para todos los gustos y ha generado discusiones apasionantes. También a Dalí le gustaban este tipo de chorradas y, con el tiempo, se las hemos tolerado. ¿Pasará lo mismo con Serra? Un director tan apreciable como pretencioso que, dicho sea de paso, nunca creo que alcance el talento del responsable de El gran masturbador o del cineasta que parió La quimera de oro.

Aquí os dejo el enlace con el corto de Serra en cuestión para que cada uno saque sus propias conclusiones y luego una crítica que hice, años atrás, de Tiempos Modernos. ¿Seré yo también un putrefacto sentimental por mi forma de asimilar a Chaplin? ¡No lo sé ni me importa!



Oda al hombre


A Charles Chaplin no le daba reparo admitirlo (1). Mientras otros buscaban la trascendencia, él sólo confiaba en la risa. La pantomimia, la parodia de las buenas costumbres. Charlot, su álter ego vagabundo, decía -sin abrir la boca- lo que se callaban los charlatanes de su época. Y conseguía reflejar las angustias del hombre de a pie mediante el slapstick, un subgénero presuntamente evasivo que, en manos del cineasta inglés, resultaba el más corrosivo de todos. Si bien los primeros trabajos de Chaplin carecían de transgresión, la depuración formal de su cine pronto conllevaría un aumento de los ingredientes de sátira social -mediometrajes como Vida de perro (1918) o El peregrino (1923) ya hacían hincapie en ello- que se irían incorporando progresivamente hasta alcanzar una calculada precisión en Tiempos Modernos, obra cumbre de la historia del cine y brillante despedida del personaje de Charlot en plena época sonora.


Apenas pasan unos segundos del filme, pero la aparición del omnipresente reloj, del apático desfile del rebaño de obreros y del aséptico despacho del capitalista-demiurgo no llevan lugar a dudas. Chaplin ha visto Metrópolis y las referencias estéticas a la visionaria película alemana son más que evidentes en el primer tramo de la fábrica. Por fortuna, las similitudes entre el filme del inglés y el de Fritz Lang se acaban aquí. La candidez casi reaccionaria de Metrópolis -la película, en su vergonzosa conclusión, parece decirnos que las clases pobres deben permanecer inamovibles ante la mayor inteligencia de los burgueses- no está presente en Tiempos Modernos. Un trabajo que tampoco pretende ser ni comunista ni revolucionario, pero que reivindica la figura del hombre ante la deshumanización provocada por la omnipresente presencia de las máquinas. La entrada literal de Charlot dentro de la propia cadena de montaje es, por tanto, algo más que un ingenioso gag visual. Es la imagen que simboliza la opresión de un trabajador asfixiado por la tecnología, las tareas repetitivas y la explotación laboral.


Habrá quien vea en tal osadía visual una banalización de la realidad, una forma edulcorada de retratar la crítica situación de una sociedad americana hambrienta. Pero las intenciones de Chaplin iban mucho más allá. Ejerciendo de privilegiado bufón dentro de Hollywood, el inglés firmó una película de doble filo en la que tanto ridiculizaba el taylorismo como conseguía despertar la sonrisa de un espectador necesitado de magia y evasión. Tal vez Tiempos Modernos no fuese concebido como un filme anti-sistema pero, aún hoy -en un mundo capitalista global cada vez más deshumanizado-, sigue siendo una obra modélica en el uso del humor como algo más que una vía de escape.


En tiempos de monólogos inacabables, la precisa construcción de los gags visuales es quizás lo que más fascina de la película. Chaplin sitúa (en la secuencia que ejerce de camarero con el pato, en la del baile de los grandes almacenes o en la de la cocaína en la cárcel) todos los elementos en pantalla, muestra en planos generales los objetos con los que construirá una situación cómica previsible y, aún así, consigue que nos riamos. El juego con el suspense, las posibilidades del escenario, el ritmo musical y la carga social de lo que va a suceder acaban generando en el espectador una sonrisa tan irónica como ingenua, sólo al alcance de otros genios mudos como René Clair o Buster Keaton.


El sonido, aunque cueste creerlo en una obra protagonizada por un mimo, es también esencial en Tiempos Modernos. Tras la gratificante experiencia con el acompañamiento musical sincrónico de Luces de la Ciudad, Chaplin se siente libre para experimentar con las nuevas posibilidades del cine sonoro. No hará hablar a Charlot -que sólo cantará en la babélica, y por tanto tan universal como el cine mudo, versión de “Le cherche apres Titine”-, pero sí jugará con la música, los efectos sonoros e incluso los -escasos- diálogos. El ritmo acelerado de todo el filme -los personajes parecen moverse al son de la música- consigue arrastrar al espectador a un mundo de emociones y la lúcida vengaza contra el cine hablado -sólo los malvados, es decir, el jefe de la fábrica y los que intervienen a través de máquinas, tienen la capacidad de emitir sonidos- fascina por su ingenio y por la reflexión metacinematográfica que conlleva.


Mientras que el, aún selectivo y limitado, uso de ruidos (el tráfico, las bocinas, los silbatos, el movimiento de una puerta) sólo parece ser un avance del genial trabajo de Jacques Tati, heredero hierático e iconoclasta de Chaplin que, desde la modernidad, supo configurar un discurso propio sobre los problemas ya presentes en Tiempos Modernos. Y es que, en el fondo, Playtime no es más que una deslumbrante actualización de los temores de Chaplin. Una cinta en la que el abuso de las tecnología ya ha suplantado al hombre y su tradición. Un trabajo en el que la acumulación de efectos sonoros desconcertantes y la homogeneización urbana incomodan a un desorientado Monsieur Hulot que, al igual que Charlot, reivindica al ser humano desde la excentricidad.


Porque, por mucho que se diga, Tiempos Modernos no es una obra sobre la comunidad obrera, ni tan siquiera un trabajo sobre los peligros de la mecanización laboral. Es mucho más que eso. Es, como Playtime, una oda universal al individuo, una reivindicación de la diferencia ante las nuevas corrientes que el sistema pretenda imponernos. Un filme que, más allá de todo su valor satírico y de su visión conformista ante la posibilidad de cambios sociales, nos invita a vivir como nos apetezca -y a ser posible, acompañados- en un mundo incomprensible y hostil.


(1) En su textoEl gesto comienza donde acaba la palabra o ¡los talkies!, publicado en 1928 por el Motion Picture Herald Magazine de Nueva York, Chaplin asegura algo tan honesto, e impropio de un autor al uso, como lo siguiente: “Si mis comedias mudas siguen divirtiendo por una tarde al público, me sentiré plenamente satisfecho...”.