jueves, 22 de abril de 2010

La década de los 2000 en MdC


Pues sí, aquí está la primera parte del especial dedicado a la década de los 2000s de Miradas de Cine. Esta incluye la votación de lo mejor por numerosos críticos, varias reseñas de algunas de nuestras películas preferidas y un par de artículos más valorativos y/o generales.

Además de ofrecer mi particular selección de preferencias, participo con un texto dedicado a la irrupción del digital. Os lo dejo a continuación. Espero que disfrutéis del especial.



El futuro se conjuga en presente (o el triunfo del digital)

Es difícil averiguar cuándo sucedió. En qué momento de la pasada década el cinéfilo de a pie empezó a cuestionarse (ni que fuera por mera curiosidad) si lo que estaba viendo en la pantalla de su cine era resultado de un rodaje en celuloide o en digital. Mientras muchas salas aún no se decidían a dar el salto a un nuevo modo de proyección y la llegada de la TDT se anunciaba como una revolución que no sería tal, las nuevas posibilidades tecnológicas iban expandiéndose cual virus irrefrenable que alcanzaba tanto a las obras de ínfimo presupuesto como a las superproducciones mainstream. Nadie se había vestido de duelo para despedir a la imagen fotoquímica y, sin apenas darnos cuenta, ya nos habíamos familiarizado con términos como HD, DV, píxeles o motion capture. El tan anunciado futuro estaba aquí, sin vuelta atrás.

Las suspicacias que nos despertaba a algunos este presunto avance tecnológico eran considerables; pues no era fácil dilucidar hasta qué punto la aplicación de las innovaciones técnicas se debía sólo a la necesidad económica de reclutar espectadores tecnofílicos para la causa (como sucede, por ahora, con el viejo sistema 3D) y no a la tan cacareada voluntad de democratizar el acceso al cine (para verlo y para rodarlo). No íbamos a pecar de ingenuos y, en esa etapa de transición, éramos un mar de dudas. Años atrás, como a tantos otros, nos había sorprendido el estreno de cintas en vídeo como Los idiotas (Idioterne, Lars von Trier; Dinamarca-Suecia-Francia-Holanda-Italia, 1998) o El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez; Estados Unidos, 1999), pero seguíamos creyendo que el cine directo merecía más la pena que el movimiento Dogma y que una grabación amateur no podía competir con las composiciones de nuestro autor preferido.

Inocencia, dirán algunos. Actitud reaccionaria, dirán otros. Pero lo cierto es que teníamos suficiente memoria —la que va del cinerama al sistema IMAX— como para poner en cuarentena la revolución y pensar que, como tantas otras, la moda iba a pasar de largo. Por una vez, no fue así. Lo digital arrasó con casi todo (hoy el montaje tradicional es casi una anomalía) y los que antes soñaron con las posibilidades de la imagen electrónica (de Antonioni a Coppola, pasando por Godard) dispusieron ya de la tecnología para dar rienda suelta a sus inquietudes estéticas. Nos iba a costar admitirlo, pero algunos de nuestros cineastas preferidos (Lynch a la cabeza) “creían” en la nueva religión y, por mucho que algunos “resistentes” renunciaran —y renuncien— a ella (como hizo Chaplin con la llegada del sonoro), no nos quedaba otra que subirnos a un tren que ya no se frenaba en la estación de los Lumière sino que alcanzaba una fábrica china capturada por Wang Bing y, a su vez, era comandado por un Tom Hanks animado bajo el nombre de Polar Express.

Extraños tiempos para la lírica. Quizás. Pero nuevos (y excitantes) tiempos al fin y al cabo. No siempre uno tiene la ocasión de experimentar en directo una transformación de este calibre y, al igual que Internet, el cine es hoy un lenguaje expresivo expandido que aparece en los lugares más inesperados (del museo al teléfono móvil) mientras las industrias tradicionales resisten tímidamente su embestida inmaterial (pues la imagen digital no es más que un conjunto de unos y ceros) que todo lo retransmite y todo lo pone en duda. Hasta tal punto que, incluso la filmación aparentemente más nítida y demoledora de lo que llevamos de siglo (la caída de las Torres Gemelas en directo), parece confundirse en el sinfín de imágenes virtuales que pueblan nuestro día a día y que llevan a cuestionarnos hasta qué punto la hípervisibilidad y la simultaneidad nos permiten comprender mejor el mundo que antes, cuando sólo teníamos un canal y nada sabíamos del hipertexto.

Por fortuna, el ingenio de ciertos creadores nos ha ayudado a salir del paso y a encontrar películas (si es que este término aún debe seguir utilizándose) a las que agarrarse. Pues, más allá de reducir costes y epatar con efectos especiales, el cine digital ha dado lugar a nuevas estéticas (a nuevas texturas de la imagen, si prefieren) que, tal como ha sucedido en otras artes como la escultura o la pintura, permiten afrontar el registro y la representación de la realidad de un modo indudablemente distinto y enriquecedor. En los dosmiles encontramos tanto filmes que reflexionan sobre el estado (visual) de las cosas —de Redacted (Brian De Palma; Estados Unidos-Canadá, 2007) a Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves; Estados Unidos, 2008— como cineastas que ya saben aplicar las nuevas posibilidades a su estética mutante —de Michael Mann a David Lynch. Por no hablar de todo lo que ha implicado la irrupción de Youtube (y similares) en el modo de consumo y producción de imágenes al margen del stablishment. Todo un mundo por descubrir.

Aun así, conviene mantener la calma y no perder los estribos. Sería fácil dejarse llevar por la corriente y pensar que la web 2.0. nos hará libres (cuando todas las instituciones poderosas están en ella) y que el talento cinematográfico saldrá a borbotones (ahora que todos tenemos acceso a una cámara y podemos expresarnos visualmente), pero las cosas no son, para nada, sencillas. Y en esta perturbadora complejidad es donde deberemos movernos (con pies de plomo) los que intentamos dar sentido a las imágenes que conforman algo que, en vez de cine, se ha venido a llamar el audiovisual. Para bien y para mal. Que el digital nos coja confesados.

6 comentarios:

redrum dijo...

Ante todo, felicidades por el texto y el especial en Miradas.

Al celuloide aún le quedan unos 50 años de vida, por lo que morirá matando.

No creo que haya que temer el digital, ya que ha hecho muy accesible el cine a gran parte de los mortales. Marker existió gracias a que no necesitaba un estudio detrás suyo, sinó espacio en casa para montar el equipo.

Por ello talentosos jóvenes educados a través del digital se moverán con una soltura dificilmente asequible para los titanes del celuloide. Por no hablar de que dicha revolución irá más allá de las texturas, para reformular gran parte del lenguaje cinematográfico. Antes necesitabas un set completo para rodar una escena, ahora basta un movil para convertir la realidad en cine. La calidad ya es otra historia.

1 saludo!

Carles Matamoros dijo...

Hola Redcrum,

Gracias a ti por comentar. He procurado que el artículo no adoptase un tono nostálgico porque es obvio que la mayor parte del cine va a ser digital sí o sí. Esto, como tu bien dices, nos afecta a muchos niveles pero no lo veo del todo incompatible con el celuloide. Creo que, a medio plazo, no desaparecerá y puede tener un papel igual de relevante que los vinilos hoy en día.

En cuanto a la estética, allí está la clave. De nada me sirve que todo el mundo pueda rodar, si lo hacen siguiendo los patrones de lo convencional...En esta década han salido muchas cosas y conservo la esperanza. Con lo que aquí seguimos.

Un saludo!

M. Jordan dijo...

Como siempre tan conciso y directo, y tan abierto a todo :) La neutralidad (o la sensatez, no acabo de distinguir una de otra en muchas ocasiones) viene ya siendo una de las características de tus escritos más... venga déjame decirlo... periodísticos (sin tonito condescendiente, lo prometo).

Es curioso que haya quien se asuste por la democratización que puede suponer el digital (¿no pasó algo parecido cuando apareció el vídeo?) Ese miedo me parece tan vacuo y ridículo como suponer que todo aquel que sepa escribir (es decir, los seres con capacidad lingüística y conocimientos de escritura fundamental) es capaz de ser un literato. A veces (sólo a veces) no puedo evitar reírme (con cariño y, ahora sí, con cierta condescendencia) por la incertidumbre que se genera entre los entendidos del cine sobre sus novedades. Siendo este arte tan joven, no es de extrañar que tenga tanto en lo que evolucionar, pero no estaría de más que a veces nos acordáramos de los viejos, los que ya pasaron por estos cambios y, aun así, persisten como buenamente pueden. Ciclos y más ciclos, oiga.

Por cierto, aunque no sea tuyo, me ha encantado el texto de Sergi Fabregat sobre "En el cuarto de Vanda". Sin duda una de tus deudas cinéfilas, el fantástico Pedro Costa en su momento más inspirado (hasta el momento).

Un besazo enorme

Carles Matamoros dijo...

Gracias Mônica! Cómo va a molestarme que me llames periodista! A veces me olvido, pero algún día aspiré a dedicarme a ello y, ¿quién sabe?, a lo mejor logro encauzarme por esa línea de nuevo...En fin. Ilusiones que tiene uno.

Lo de la democracia, pues es tan relativo como el sistema político en sí. ¿Habrá más gente con posibilidades de dirigir o gobernar? Es probable. ¿Lo harán mejor? No estoy del todo seguro. Ahora bien, me parece fantástico. Con lo torpe que soy, nunca hubiese destacado como técnico en la industria del cine. Ahora, acompañado de un buen dirtector de fotografía, quizá me lo piense, y algún día "realice" algo, jeje.

Ay, Costa! Qué ganas le tengo y qué poco tiempo dispongo. Tengo su bonito pack por ahí, pero no encuentro el momento...Sé que cuando llegue me pegará fuerte. ¿Aún conservas las notas sobre ese artículo que nunca escribiste?

M. Jordan dijo...

Aún tengo las notas y lo que llegué a escribir del artículo, pero sigue sin continuación. Quizás debería repasar sus películas y retomar el texto.

Crowley dijo...

Muchísimas felicidades por la calidad del texto y por su objetividad, algo difícil de conseguir.
Es innegable que el poder hacerlo todo tu mismo parece ser el futuro, y da una libertad creativa asombrosa. Y, como todo en la vida, se va evolucionando y buscando nuevas vías, por lo que el celuloide dentro de muchos años será un recuerdo y el digital será el presente (que también, algún día, será el pasado).
Un saludo