Empecemos el año con una decepción: Milk, el retorno a los grandes estudios de Gus Van Sant. Mientras su deliciosa (y accesible) Paranoid Park sigue inédita en las pantallas, este nuevo trabajo -mucho más discreto- llega mañana por todo lo alto a los cines españoles. Otra incongruencia más que, a estas alturas, ya no sorprende a nadie. Pero, bueno, aquí os dejo la breve crítica que he escrito de ella para Cinearchivo en la nueva sección de actualidad del portal.
Las difusas huellas del camaleón
Si nos seguimos fiando de la política de los autores, ubicar a Gus Van Sant no es un ejercicio precisamente fácil. Resiguiendo cronológicamente su trayectoria, uno se da de bruces con incongruencias, desatinos, sorpresas y giros inesperados. Pues, por mucho que queramos, al realizador de Todo por un sueño no se le puede clasificar tan cómodamente como a otros tantos cineastas de su generación. No es el máximo representante del queer cinema -Mala Noche- ni es el director indie por excelencia -My Drugstore Cowboy-. No es el aplicado artesano hollywoodense -El indomable Will Hunting- ni es el máximo exponente del cine del silencio -que tan bien representó en su “trilogía de la muerte”, compuesta por Gerry, Elephant y Last Days-. Es más bien, aventuramos, un tipo versátil, escurridizo, que -en estos tiempos de contratos cerrados e imposiciones- aún se puede permitir el lujo de filmar lo que le viene en gana mientras se va ganando defensores y detractores que, según sube la corriente, lo defienden o lo defenestran. Algo que, seguramente, volverá a suceder con Mi nombre es Harvey Milk, su nuevo trabajo que llega a nuestras pantallas tras haber acumulado todas las nominaciones habidas y por haber.
Se sabe que, desde su juventud, Van Sant iba detrás de este biopic dedicado a una de las figuras claves de la política estadouninense; del filme que hiciese justicia al trágico recorrido del que fuera el primer cargo público abiertamente homosexual de su país. Parece que, tras recuperar la fe en el relato narrativo -en su brumoso filme bisagra, Paranoid Park, aún inédito en España-, el realizador se sentía en forma para afrontar su empresa en unos grandes estudios y según los códigos convencionales (de montaje, guión, planificación y dirección de actores) que tanto había menospreciado desde la discreta Descubriendo a Forrester. La jugada, una vez visto el resultado, sólo le ha salido bien a medias. Porque aunque estemos ante un trabajo digno y ágil, mientras miramos la película nunca podemos borrar del todo la firma de quien está detrás del proyecto y lamentar que Mi nombre es Harvey Milk no se aleje apenas de los cánones de este tipo de producciones hagiográficas.
Sería absurdo pedirle a una superproducción el arrojo y la abstracción de experimentos tan anarrativos como Gerry, pero pensamos que Van Sant no debería haber ignorado los logros formales acumulados a lo largo de la última etapa de su filmografía y se podría haber atrevido a dar un paso hacia adelante en su retorno al “cine comercial”. Mi nombre es Harvey Milk es por tanto, a nuestro ver, una película menor, el contraplano tópico al otro acercamiento biográfico de Van Sant, propuesto en su suicida Last Days. De este modo, el mensaje ideológico acaba siendo la verdadera y única razón de ser de un filme que sólo se entiende en una época de cierto retorno a las ideologías progresistas y que -tal como ya se ha apuntado- bien serviría como emblema, como punta de lanza de la presunta Nueva América de las minorías y de la igualdad social que pretende el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama. Por lo demás, es una pieza que huye de la sensiblería y que deja algunas huellas difusas del camaleónico cineasta que parió Elephant. Ahí están, por ejemplo, el exquisito encuentro, sutil y espontáneo, entre Sean Penn y James Franco, los interludios documentales, las proclamas políticas a todo color y, sobre todo, la resolución ensimisnada y bella del asesinato del protagonista. Una clausura, ésta, en los pasillos y que nos evoca repentinamente al Van Sant más arrebatador, pero que no impide que Mi nombre es Harvey Milk acabe resultando una película más entre las muchas producciones discretas amparadas bajo el temible slogan de estar “basadas en hechos reales”.