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martes, 11 de agosto de 2009

Transit: deseos cumplidos

Todo nacimiento implica un proceso complejo. Los nueve meses de gestación están llenos de imprevistos y, por mucho que nos esforcemos (nos programemos), la llegada del hijo nunca es en la fecha pensada. Al final, si hay suerte y existe la inestimable ayuda de los médicos (o de los informáticos), este nuevo ser ve a la luz y se prepara para iniciar una vida que esperemos sea larga y fructífero. Éste es nuestro afortunado caso. Nuestro hijo (el de Covadonga G.Lahera, Cristina Álvarez y el de un servidor) ha nacido en la red y, aun considerando que no es todo lo ideal que desearíamos, confiamos en educarlo lo mejor posible y covertirlo en uno de los alumnos más aventajados (y más libres) de la clase cinéfila.

Su nombre es Transit y desde hoy os invitamos a conocerlo. Admite críticas y colaboraciones externas. Sus ideales quedan manifestados aquí, pero el margen de crecimiento es amplio. Cada dos meses estaremos allí. Sin preocuparnos en exceso por la actualidad y sí por los experimentos literarios, las derivas varias y los juegos audiovisuales. Todo por el bien de una revista bimestral que llega en son de paz y con entusiasmo inaudito. Gracias a todos por estar ahí. Y esperemos que la disfrutéis y nos ayudéis a mejorarla.

Transit es ya es una realidad palpable.

Muchos abrazos,
Carles Matamoros

PD: Mis dos artículos en este primer número están dedicados a las conexiones entre Mamma Roma y La calle de la vergüenza y a la extraordinaria obra de Gianikian y Ricci Lucchi.

sábado, 28 de junio de 2008

Mamma Roma, Pasolini en bruto

La mirada reveladora

Ensayista y poeta, Pier Paolo Pasolini alcanzó la mayor notoriedad artística a través del cine. Tremendamente popular e influyente durante su tiempo, fue quizás el último intelectual italiano capaz de condicionar decisiones políticas, sociales y eclesiásticas. En sus películas viene a reflejarse tanto su contradictoria visión del mundo como su voluntad de escribir la realidad a través de la lengua del séptimo arte. «La vida entera, en el conjunto de sus acciones es -decía Pasolini- un cine natural y vivo: ella es lingüísticamente el equivalente oral en su momento natural y biológico». Por todo ello, un filme pos-neorrealista como Mamma Roma sólo puede entenderse como un relato visceral de un microcosmos bien conocido por el cineasta italiano. Efectivamente, Pasolini vivió varios años en los suburbios de Roma y en su filme se palpa el sentir proletario y pordiosero que tanto le fascinó. En la periferia fue donde encontró, también, el material de su exitosa primera novela, Ragazzi di Vita, que, años atrás, le había permitido acceder al cine como guionista. No por casualidad, fue él quien escribió para Federico Fellini la maravillosa Las noches de Cabiria (1956), antecedente directo de la película que nos ocupa.



Segundo trabajo cinematográfico de Pasolini tras Accattone (1961), Mamma Roma es un filme de espacios vivos y personajes fuertes. Dos son los intérpretes que aguantan el peso de la narración: Anna Magnani (en el papel de la prostituta del título) y Ettore Garolfe (que conserva su nombre pila y es el hijo adolescente de la protagonista). Y uno es el entorno que comparten, un barrio periférico que condiciona su modus vivendi. El relato —sustentado en el choque generacional y social— transcurre mayoritariamente en exteriores, a pie de calle. La Magnani es una mujer de acción que —tras liberarse de su proxeneta— confía aún en la ascensión social junto a un hijo al que apenas conoce. Y Ettore es un bala perdida que, pese a reencontrarse con su madre, no parece capaz de trabajar o estudiar. Ambos han emigrado a la Roma del desarrollismo urbano, pero son incapaces de escapar de un pasado en el campo que les persigue.

En esa incertidumbre vital se inmiscuye la mirada de Pasolini que nada tiene de altiva y condescendiente para con sus dos personajes. Sin abusar de las frases grandilocuentes ni del esperpento, su guión es senzillo y espontáneo. Y la distancia de la cámara —generalmente recurriendo a planos medios— es siempre la adecuada. Si bien, a veces, el director italiano usa recursos estéticos un tanto demodé —los tres ralentís muy reveladores—, el gran logro de la película es ser un ente vivo, casi en bruto. Las elipsis abruptas dan fuerza a la evolución narrativa y la constante presencia de extraños planos subjetivos —que convierten la mirada de los protagonistas en la del espectador— viene a capturar la inquietud de unos personajes atrapados en un entorno urbano amenazador. Si a todos esos elementos propios de un cineasta visceral y realista, les sumamos las referencias a lo sagrado —Ettore atado en posición crística— y a lo poético —el desnaturalizado y digresivo plano secuencia en el que «Mamma Roma» pasea por la oscuridad a través de sus recuerdos—, tendremos ya un universo fílmico muy definido.

Un universo aún deudor del neorrealismo, pero propio de un cineasta con discurso moral y estético. Un Pasolini capaz de cerrar su segunda película con una mirada aterradora de Anna Magnani que expresa como pocas una revelación trágica, una toma de conciencia del entorno social.

Texto publicado hoy en la sección de dvds de Cinearchivo