Un lugar de encuentro en el que los mejores manjares y brebajes del planeta cine tienen su espacio reservado. Un antro en el que este tabernero exigente espera ansioso nuevas obras que le permitan discutir con todos los que vengan a echar un trago. No dejéis de entrar!
(...) Se debe volver atrás, repensar el cine y el territorio sobre el que este se construye. Ciertos directores estadounidenses trabajan en esa línea y estudian el terreno de su país preguntándose cómo deben filmarlo y qué queda en él de generaciones de antaño. Alumna aventajada del gran documentalista-ensayista Thom Andersen (responsable de la genial Los Angeles Plays Itself y también presente en Róterdam como miembro de un jurado y con su sugestivo corto Get Out of the Car) Lee Anne Schmitt se unió a Lee Lynch para realizar Last Buffalo Hunt, su segundo trabajo tras la excelente California Company Town (2008). Si en aquel documental trabajaba sobre las ruinas de los pueblos-dormitorio californianos que antaño sostuvieron empresas, aquí se enfrenta a un pasado todavía más remoto, al de los pioneros que se dedicaban a cazar búfalos en la Norteamérica salvaje...
Hoy ha nacido La Pâgina 0, una web centrada en el reporterismo independiente que también dará cobijo a propuestas un tanto más ligeras. El primer número, en estos tiempos duros para el periodismo de guerrilla, es prometedor al tratar algunos contenidos alejados de la agenda de los media. La publicación, que es bilingüe -catalán y castellano se alternan sin miedo-, dedica una pequeña sección al cine donde participo con dos textos.
Nos lo pasamos en grande y a la vuelta nos tocó plasmarlo en palabras, pero, con un poco de disciplina y esfuerzo, lo logramos. Por mi parte, ya está disponible en los kioskos mi crónica de Gijón 2010 en el que es mi segundo artículo en Dirigido por. En el texto no están todas las películas que se vieron (sería imposible), pero sí algunas de las más destacadas. Espero que, al menos, sirva de guía para los que no estuvieron y de complemento para los que sí visitaron Asturias. Fue mi primer año y ya tengo ganas de repetir. Gracias a todos.
Hola camaradas. Este mes tengo el privilegio de debutar en la veterana revista Dirigido por. Me he encargado de un reportaje de seis páginas de la última Mostra de Venecia. Tras una introducción-balance, hablo detenidamente de los últimos trabajos de Sofia Coppola, Álex de la Iglesia, Vincent Gallo, Jerzy Skolimowski, François Ozon, José Luis Guerin, Abdellatif Kechiche, Catherine Breillat, Hong Sang-soo, Pablo Larraín y Kelly Reichardt, además del debut tras las cámaras de Casey Affleck, con la controvertida I'm Still Here. Por ahora, se trata de una colaboración puntual. Veremos qué nos depara el futuro.
No es que me interesen especialmente los premios de los festivales a los que voy -o que sigo desde casa-, pero uno siempre tiene sus preferencias y, dado que los medios sólo hablan de ello, es difícil resistirse a opinar. Hace unas horas se han conocido los premiados de Venecia. Y, dado que a excepción del premio a la actriz griega y el León de Oro a Coppola, los resultados no me parecen justos...Aquí os quiero dejar el que hubiera sido mi palmarés particular:
León de Oro: Vincent Gallo por Promises Written in Water León de Plata a mejor director: Sofia Coppola por Somewhere Premio Especial del Jurado: Meek's Cutoff de Kelly Reichardt Copa Volpi Actor: Carlos Areces por Balada triste de trompeta Copa Volpi Actriz: Ariane Labed por Attenberg Mejor Guión: Black Venus de Abdellatif Kechiche Mejor Fotografía: The Ditch de Wang Bing
Reservas suculentos: Tsui Hark, Pablo Larraín, François Ozon
Quedan diez días para que empiece mi festival preferido del año. Ya se sabe la programación oficial y, a priori, hay unas cincuenta películas apetitosas. Demasiadas, seguro. Aquí os dejo, al menos, unas diez que prometen mucho y algunas fotografías. Veremos qué ocurre.
KELLY REICHARDT - MEEK'S CUTOFF VINCENT GALLO - PROMISES WRITTEN IN WATER MONTE HELLMAN - ROAD TO NOWHERE ABDELLATIF KECHICHE - VENUS NOIRE SOFIA COPPOLA – SOMEWHERE CASEY AFFLECK - I'M STILL HERE MARCO BELLOCCHIO - SORELLE MAI JOSÉ LUIS GUERIN – GUEST SANG-SOO HONG - OKI-EUI YOUNG-HWA (OKI'S MOVIE) JOÃO NICOLAU - A ESPADA E A ROSA
Mientras en Cannes se discute si es mejor la de Godard, la de Api o la de Oliveira (o ninguna de las tres merece la pena, como piensan otros medios), aquí nos comemos las uñas y disfrutamos (o no) de las películas procedentes de grandes festivales que podemos ver en Barcelona.
Un buen escaparate es, sin duda, el BAFF, el festival de cine asiático por excelencia del que Antoni Peris y un servidor os sirven una extensa crónica de todo lo que vimos en Miradas de Cine. Dado que nos hemos repartido los filmes, os dejo aquí sólo los que he escrito yo.
Un abrazo a todos!
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Wakaranai, de Masahiro Kobayashi (Japón, 2009). S.O.
Medio siglo después aún perdura vivo en el recuerdo el último plano de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959). Aquel donde el rostro congelado de Antoine Doinel (encarnado por un joven Jean-Pierre Leáud) venía a sintetizar una mirada distinta -salvaje y de una brutal intimidad- a la realidad circundante. Las cosas (para el cine y para el mundo) han cambiado mucho desde entonces, claro, pero Kobayashi es hoy quien recoge el testigo de Truffaut en el Japón contemporáneo y sigue a su Doinel particular, al que engancha su cámara y persigue con angustiosa tozudez. Lo esencial, aquí, no es atrapar un rostro sino más bien un cuerpo en constante movimiento, el de Kawai, un adolescente que, en sus inquietudes, no se aleja tanto de aquel muchacho francés. Si bien su panorama es harto más desolador, cuasi propio del cine de los Dardenne. No parece que, por mucho que lo intente, vaya a poder escapar de su situación. Lo prueba buscando alternativas a su exclusión social, a su pobreza y a su ausencia de referentes, pero por mucho que corra más allá de los límites de la cámara -huyendo, quizás, del registro testarudo del cineasta- acaba condenado a una reclusión, a un encierro capitalista que denuncia Kobayashi desde el verbo y el cuerpo. El logro, pese a las reminiscencias a otras obras y la tendencia a ciertos subrayados, es notable.
Weaving Girl, de Wang Quan'an (China, 2009). S.O.
No voy a ser el único que lo confiese, pero el primer nombre que se me vino a la cabeza viendo esta película fue el de Isabel Coixet. Pues el relato guarda un considerable parecido con el de Mi vida sin mí (2003) y conserva esa voluntad vitalista ante la llegada de la muerte. Hasta aquí los parecidos. Porque, alégrense, el filme Quan'an (que había dirigido antes La boda de Tuya) logra escapar de la gravedad melodramática de la catalana y opta por un tono, entre desencantado e irónico, que cala en el espectador cual melodía rugosa. Sí, el argumento es familiar. Y la puesta en escena y la denuncia social quedan lejos de la brillantez de un Jia Zhang Ke, pero este es un filme digno y con al menos un par de secuencias de alto calado emocional. Será que tengo debilidad por los breves encuentros amorosos y por los acercamientos a las ruinas (ya sean emocionales o de China), pero me sentí muy cercano a lo narrado y pensé en la posibilidad de disfrute de un espectador intermedio; no tan necesitado de autores radicales y sí de filmes que respeten su inteligencia mientras retratan el mundo que les rodea, con sencillez y cercanía.
Paju, de Park Chan-Ok (Corea del Sur, 2009) S.O.
Incomprensiblemente premiada en el último festival de Las Palmas, fue esta una de las cintas de menor interés de toda la sección competitiva. Pretendido retrato de la feminidad, estamos ante un drama con trasfondo incestuoso que esconde sus deficiencias en una construcción argumental tan alambicada como confusa en la que, flashbacks mediante, la cineasta pretende antes epatar que narrar desde la distancia justa. Los golpes de efecto están a la orden del día y sólo el interés de la directora por el entorno suburbano de Paju (localidad cercana a Seúl) consigue sugerirnos ideas de interés. Pues el filme, pese a su innegable torpeza narrativa y sus insuflas autorales, funciona como termómetro documental de toda una serie de conflictos que afectan a una zona del mundo que, como tantas otras (ejem), se ve perjudicada por la especulación inmobiliaria.
Au Revoir, Taipei, de Arvin Chen (Taiwán, E.E.U.U., 2010) S.O.
Será que no consumo suficiente cine oriental comercial, pero cuando entré en la sala mi imagen de Taipei estaba asociada a la obra de Tsai Ming Liang y a todo su retrato desencantado de los espacios urbanos. Al parecer, me equivocaba. El primer plano del filme, con el bello skyline de la capital taiwanesa, me hizo pensar en el Manhattan de Woody Allen y disuadió mis prejuicios. Por un instante, incluso imaginé que nos moveríamos en una comedia romántica de espíritu similar a la del neoyorquino. Nada de eso. La aclamada (por el público y el jurado) ganadora del Durián de Oro pertenece a otra categoría no del todo desdeñable: la de las películas absurdas. Tanto por su desatado humor -entre naif, físico e idiota- como por su propia condición de pieza irrelevante. Liviano y sin pretensiones, el filme agradece su tono relajado y escasamente pretencioso pero queda lejos de las expectativas (y las alabanzas) cosechadas. Sí, uno se echa unas risas con tres o cuatro de sus gags, con algún que otro baile y hasta sale de la sala tarareando una melodía pegajosa... pero poco más. Arvin Chen saca partido de un humor cercano al anime japonés muy del gusto del público catalán (aquí todos hemos crecido con mangas del país nipón), pero queda muy lejos de los referentes que se le atribuían: Linklater, Demy y Tati. Una verdadera decepción.
Karaoke, de Chris Chong (Malasia, 2009) S.O.
Los que me conocen saben de mi debilidad (de mi placer culpable, si prefieren) por los karaokes. Espacios a los que no suelo asistir como intérprete, pero que contienen un gran potencial cinematográfico al ser capaces de sublimar las emociones de los personajes, aglutinar grupos humanos de distinta condición y dar lugar a la catarsis colectiva. Que el debut de Chong se sitúe en un destartalado karaoke -y que varios personajes se dediquen a rodar clips musicales para este- era ya de por sí motivo de mi interés. Pero es que el filme en sí resultó ser una de las mayores sorpresas del festival, una obra enigmática, lúcida y sofisticada. A lo mejor, como me decía a la salida la compañera Anna Petrus, se trata de una película afrancesada, muy dirigida al público occidental y a los programadores de la Quincena de Cannes. Pero, aunque así fuera, tanto ella como yo salimos convencidos de haber dado con un cineasta capaz de heredar los modos de un Apichatpong Weerasethakul sin caer en la burda imitación. Con un admirable juego con la distancia -aquellos planos lejanos donde se percibe la presencia de un observador invisible, aquellos bailes cercanos de la cámara alrededor de unos rostros en claroscuro-, Chong viene a reflexionar sobre el inexorable paso del tiempo en una historia mínima donde un joven descubrirá, paseo digresivo por el bosque mediante, que su hogar ya no es el que conoció. Y que el mundo, muy a su pesar, se transforma. Muy recomendable y placentera. Una pequeña joya tan angustiosa como divertida.
Mother, de Bong Jong-Ho (Corea del Sur, 2009) Asian Selection
Debía suceder tarde o temprano. Por mucho que su curiosa pieza destacara en el discreto filme colectivo Tokyo! (V.V.A.A., 2008), Bong corría el riesgo de estancarse y Mother es, pese a su indudable interés, una prueba de ello, un síntoma de agotamiento. ¿A qué nos enfrentamos? Pues a una película que, al igual que otras tantas producciones coreanas, se adscribe gustosamente en aquello que algunos han conocido como hipergéneros. Esta vez son los códigos genéricos del cine negro, la comedia y el drama los que conviven sin alcanzar el equilibrio logrado en la excelente Memories of Murder (2003), cota irrepetible para el cineasta coreano que aquí se empeña en repetir la misma fórmula con unos ingredientes parecidos. No funciona. O, al menos, no del todo. Quizá por la necesidad de cerrar todos los senderos abiertos. Quizá porque desprende un cierto déjà vu. Quizá por algún que otro truco de guión. Quizá porque ya no nos atrapa. Y eso que la figura de una madre coraje, como símbolo de toda la ciudadanía coreana oprimida, funciona a la perfección. Hasta el punto que el crimen y la desmemoria no nos parecen tan graves ante lo inoperante del sistema. Tal es la ambigüedad de una propuesta que, aun no convenciéndonos, invita al debate.
Manila, de Raya Martin y Adolfo Borinaga Alix Jr. (Filipinas, 2009) S.E.Asiático
He aquí un inesperado díptico firmado (y rodado) al alimón que se inspira en dos clásicos del cine filipino: Manila by night (Ishmael Bernal, 1980) y Jaguar (Lino Brocka, 1979). Compartiendo a un mismo protagonista -el bello actor Piolo Pascual- que ejerce como objeto de deseo y álter ego de los cineastas, ambas piezas conversan en las calles de una Manila contemporánea donde, por mucho que la producción la maquille con un límpido blanco y negro, aún siguen vivas las tensiones que tanto atraparon a los autores clásicos homenajeados. Perjudicada por un cierto academicismo y por una marcada ausencia de ritmo en su primer tramo, la pieza tiene logros fugaces en su construcción del thriller y, muy especialmente, en su vertiente documental. Son precisamente los planos de los espacios urbanos, los pequeños detalles del entorno y algún que otro apunte estético lo más atractivo de esta propuesta fallida, limitada y rodada con una cierta desgana. Suerte que, en un par de sorpresivas apariciones a todo color, Lav Diaz le da un toque humorístico a todo un proyecto que, a nuestro entender, deja bastante que desear.
Manila by night, de Ishmael Bernal (Filipinas, 1980) S.E. Asiático
Es difícil dar con las palabras adecuadas para describir un filme de esta magnitud. Ni sus desmesurados 150 minutos filmados en vídeo de baja calidad ni las malas condiciones de la copia proyectada en el único pase del CCCB impidieron que esta fuera, para algunos de nosotros y quizá para los escasos espectadores, la película del festival. Una suerte de fresco monumental, deslavazado, hilarante y emotivo, sobre una Manila que, por lo que vemos, entró en un estado catatónico, libertario y atroz durante la década de los 80. Sin pensar en lo que dirán y llevando al límite las posibilidades expresivas de la cámara, Bernal supo atrapar el sentir de una comunidad. Poco importan sus errores técnicos, las escenas gratuitas y la infinidad de personajes, porque esta es una película de estados de ánimo, de vivencias al límite; de saunas y discotecas, de prostíbulos y drogas, de sexualidad y hedonismo, de petardos y disparos, de machismo y amor, de vida y muerte. Una obra festiva en la que, mientras recordamos al Fellini de La dolce vita (1960) y Roma (1972), incluso se nos pasa por la cabeza la movida madrileña y el primer Almodóvar. Aunque, claro, el panorama es, a su vez, terrible. Y, aunque huye de los discursos, Bernal sabe filtrar una vertiente trágica en la vida de una serie de seres sin escapatoria. Situados en el fin de su mundo.
Independencia, de Raya Martín (Francia, Filipinas, Bélgica, Holanda, 2009) S.E. Asiático
Ejercicio de memoria histórica y ensayo cinéfilo, Independencia es una de las piezas más accesibles (y logradas) de la prolífica trayectoria del joven Raya Martin. Optando esta vez por un metraje breve y adoptando fórmulas del cine silente, el cineasta filipino se remonta al pasado de su país y reflexiona sobre la representación justa de la invasión estadounidense. El loable objetivo del autor es restaurar la mirada del espectador, recuperando así la sencillez de los planos generales fijos y el relato breve de trasfondo naturalista. El peligro era caer en la momificación o, peor aún, en la pedantería. Martin salva esos escollos y, aun planteando una propuesta no apta para todos los paladares, logra que nos sintamos cerca de un tiempo que ya no volverá y, a su vez, vivamos en nuestra piel el terror de los oprimidos en una secuencia (la de la tormenta) que es toda una declaración de intenciones y un navajazo inolvidable a nuestras pupilas. Lástima que la vertiente oral -los diálogos, los cuentos- no esté a la altura de la puesta en escena y de la belleza de todos los planos (los impagables sueños). Algo que no impide que estemos ante un filme notable que merece los grandes calificativos que ha ido recibiendo allí por donde se ha proyectado.
The Housemaid, de Kim Ki-young (Corea del Sur, 1960) Focus en Corea del Sur
Entre los varios clásicos coreanos que programó esta edición del BAFF, este era el más invisible (aunque sea de un filme esencial en la historia de su país) y, probablemente, el más esperado. Éxito de público auspiciado por el apoyo de Martin Scorsese a la producción -que, por fortuna, ha sido restaurada digitalmente-, The Housemaid es, desde ya, una película de culto que bien justifica un festival. Antes de que el remake de Im Sang-soo acaparase los focos en Cannes 2010, fue de lo más apetecible disfrutar en una sala llena de lo que a algunos nos pareció una demencial relectura de Ensayo de un crimen (Luis Buñuel, 1955) sólo apta para cinéfagos. La trama es atroz y de un humor macabro que sorprenderá a más de uno. Pues el maquiavelismo de la niñera y el cinismo que empapa toda la producción contagian a un espectador que asiste a un thriller digno de una sesión de medianoche y, a su vez, rodado con una exquisitez inusual. El horror y el humor van de la mano y muchos dudamos que Kim se tomase del todo en serio su relato. Poco importa. La disfrutamos por sus detalles (ese veneno), sus miradas y sus giros repentinos. Y desde aquí, en vez de dedicarme a desgranar la historia, sólo me queda la opción de recomendarla. De ella, mi compañero de crónicas, Antoni Peris, opina que esta pieza inolvidable remite, además de a don Buñuel, a Preminger, Hitchcok y el dúo Zucker–Abrahams. No seré yo quien le desmienta. Tras verla, uno sabe que no todas las Mary Poppins son precisamente ingenuas...
Quizás, hoy más que nunca, el malentendido esté en la propia denominación del festival.Si uno indaga mínimamente en la historia del cine se dará cuenta que el término documental (casi) nunca ha tenido su razón de ser más allá de las clasificaciones perezosas. Algo que ya se constata revisando la etapa silente y que actualmente se sigue poniendo de manifiesto en las enésimas (y un tanto infructuosas, a mi entender) discusiones sobre lo que es o no es ficción. La feliz contaminación entre géneros, realidades y disciplinas da lugar a un certamen como el que nos ocupa donde no interesa tanto delimitar el audiovisual a unas formas muy concretas como poner énfasis en la reivindicación de una serie de títulos que suelen huir de los caminos más trillados y que optan por una mirada (más o menos cercana a “lo real”) que exige la implicación del espectador. Una mirada que nos invita a reflexionar tanto sobre lo que se cuenta como, muy especialmente, sobre cómo se cuenta.
Estuve cinco días en Pamplona y tuve la ocasión de comprobar el interés de la organización por cuidar las proyecciones, las películas y sus responsables al máximo. Aún considerando la escasa asistencia de público en ciertas sesiones, no se puede negar que estamos ante un festival que cree en lo que hace y que, aún sabiendo que muchas de sus propuestas no son de fácil digestión, confía en la inteligencia del espectador sin negar tampoco una necesaria función didáctica que permite un mejor acceso a lo proyectado. Empapado todavía por el lluvioso clima navarro, me dispongo a exponer una serie de apuntes sobre las piezas más relevantes que tuve ocasión de ver. Admito que no es fácil asimilar y plasmar tanto material (tantas ideas) en unas pocas líneas. Pero confío en despertar, al menos, la curiosidad del lector por una serie de filmes situados en los márgenes de lo visible y que, en caso que se dé la ocasión, bien merecerían el esfuerzo de ser revisados en un cine (o donde sea).
No es fácil elegir un camino en L’Alternativa. No hay pases de prensa, no se repiten sesiones y el total de títulos programados está más allá de lo que un (o dos) cronista(s) pueda(n) asumir. Aun así, no vamos a quejarnos. En la variedad está el gusto y dentro de lo (poco) que pudimos ver hubo propuestas de lo más interesantes. Es cierto que, tras ocho días, seguimos sin tener claro el perfil de cine (y de espectador) que proyecta este certamen (que bajo el paraguas de independiente da cabida a obras muy dispares; que, eso sí, suelen ser de escaso presupuesto e intenciones autorales/sociales) cada vez más consolidado gracias a unos precios módicos y a un espacio privilegiado: el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.
Sea como fuere, en su ya decimosexta edición —que, tal como suele ser habitual, se solapó parcialmente con el festival de Gijón (con la pérdida de público objetivo y sobre todo de medios acreditados que eso conlleva)—, el evento dedicó una amplia retrospectiva a la indispensable figura de Basilio Martín Patino, a la inédita documentalista Dalila Ennadre y a dos cinematografías que han dado que hablar en los últimos años: la rumana (con filmes de antes y después de 1989) y la mexicana (con títulos de los últimos cinco años). A todas estas obras se deben sumar las que se pudieron visionar en las tres secciones competitivas del certamen: la de cortometrajes, la de largometrajes de ficción y la de largometrajes documentales (una distinción, la de estas dos últimas, que, a mi entender, carece de sentido) donde se aglutinaron títulos recientes programados (y, en general, marginados) en otros certámenes internacionales.
A continuación, daremos cuenta de una serie de filmes —entre los que es difícil establecer líneas de contacto— que despertaron nuestro interés. Quizá se nos escapó Poliţist, Adjectiv (Corneliu Porumboiu, 2009), la película estrella del festival, pero pensamos que algunos de los trabajos comentados aquí son de similar o mayor atractivo que el aclamado título rumano (...)
El amigo Antoni Peris y un servidor tuvimos la ocasión de ver unos cuantos documentales musicales (y algún que otro reportaje más bien plomizo) en el In-Edit 2009. En Miradas hemos publicado una crónica conjunta en la que seleccionamos lo que más nos interesó. Se comentan obras ciertamente estimulantes. ¡Háganse con ellas!
Ha pasado una semana y apenas he tenido tiempo para reflexionar. Sitges es ya un recuerdo lejano y, entre tanto, ¡han acontecido tantas cosas! Incluso la muerte de mi querido Andrés Montes con el que crecí viendo baloncesto en las madrugadas y al que echaré mucho de menos (aunque sus retransmisiones futbolísticas nunca me convencieran). La cosecha de cine fantástico en mi segundo fin de semana fue más que aceptable. Aunque me perdiera Moon, la ganadora, y tres de las películas que más llamaban mi atención: Enter the void, Vengeance y Symbol. Espero que haya otra ocasión. También para recuperar la griega y la francesa, premiadas por crítica y jurado joven. Pero vamos a lo que vimos.
Y seamos breves. Un par de confirmaciones de lo ya visto en Venecia: The Road no es para tanto (es incluso molesta en su corrección y sensiblería) y Accident es un thriller muy sofisticado y excelentemente rodado (aunque se eche en falta un poco de emoción y me sobre un giro final explicativo). En el terreno más cercano al cine de autor, La terre de la follie es un divertimento en forma de crónica negra y Morphia es distinta en su sarcasmo a la mayoría de las cintas situadas en los albores de un conflicto histórico (la revolución rusa). Amer es la película más estimulante del festival en su relectura lúdica y sensorial del giallo (tocará extenderse sobre ella). Por su parte, La casa sin fronteras es una de las propuestas españolas más tenebrosas que uno recuerda (el fantasma del Opus Dei planea en este clásico olvidado) y Los Ojos sin rostro (de Franju) es una obra bellísima que debería ocupar un espacio privilegiado en la historia del fantástico más elegante y despiadado.
Cargo y Loft son propuestas más bien aburridas y desaprovechadas (sobre todo la primera) mientras que Van Diemmen's Land es una más que aceptable versión de Viven! a la Malick. Por último, pude disfrutar de una doble maratón con (por fin) hemoglobina a tutiplén. Dead Snow es tan divertida como intrascendente. Theloved ones da un paso más allá y es una de las cintas exploit más bien filmadas que recuerdo. Y no (sólo) da risa.
De casi todas ellas y de algunas más se habla en el especial de Miradas dedicado al festival. Mi pequeña aportación se limita a unos breves apuntes sobre Van Diemmen's Land y Theloved ones. No se pierdan el conjunto de textos. Seguro que sacarán un balance más claro del festival que el que yo tengo en la cabeza. Demasiado cine. Demasiadas cervezas. Demasiados pocos días en Sitges.
Fui feliz estos primeros tres días en Sitges. He vuelto al curro y me siento absolutamente fuera de lugar, incapaz de retomar el ritmo e incubando una posible gastrointeritis. ¿Serán las pizzas y los bocatas? Estoy seguro que la cura (si es que realmente me pongo enfermo) llegará cuando vuelva a finales de semana a la costa catalana y me vea un montón de pelis que me apetece disfrutar en compañía. La comida y la bebida ya serán otra historia. Por ahora, todo está siendo muy interesante. Y he gozado -con la primera acreditación para Transit mediante (!!!)- con la presencia de caras conocidas, amigos, camaradas y cineastas que nunca me fallan. No sé. Supongo que se puede ser feliz dentro y fuera de un cine.O en los dos sitios a la vez.
Será que estoy optimista, pero, a excepción de Crows 2 (que tiene sus momentos y sus buenas hostias, no vamos a negarlo), he disfrutado de casi todo lo que he visto. No entraré en análisis (eso ya llegará, o no), pero me gustaría deciros que, aun siendo (semi)fallida, la de mi querido Tsai (Visage) no es el desastre que se dijo (hay encuadres para enmarcar), la de Raya Martin (Independencia) tiene bastante tela (en el buen sentido) y, sin ser una obra total, es muy estimulante para los consumidores de cine-club (compañeros de butaca dixit), la de Marine de Van tiene su aquel (aunque al final se pierda en obviedades) y las dos de animación -Musashi y Summer Wars- merecen la pena por su variedad de registros y golpes ingeniosos. La primera peca de densa, la segunda de noña. Las dos sin embargo conforman un buen cocktail.
Y hasta aquí las novedades. Por ahora, estoy viendo más retrospectivas y poco o nada sé aún de la sección oficial. Espero que el maratón del último día colme mis ansias de vísceras y novedades. Porque Sitges es un festival de cine de terror y uno no puede irse sin una gran sesión nocturna entre fans. Por cierto ¡Corman es muy grande! Y Vincent Prince ni te digo...Recuperad El péndulo de la muerte cuando podáis. No envejece.
Acabo de volver de Venecia y por lo que veo ya se ha colgado en Miradas mi última crónica de ayer. Ha sido un viaje accidentado, pero muy satisfactorio.Ya tenemos el discutible palmarés, pero aquí os propongo unos premios alternativos y una lista ordenada, según mis preferencias, de todos los filmes que he visto. Si alguien se fía de mi criterio, ya sabe a qué atenerse. Cualquier cosa que queráis saber de la Mostra, preguntad!
Palmarés alternativo: Mejor película: Between two worlds Mejor director: Cheang Pou-Soi por Accident Gran premio del jurado: Lebanon Mejor guión: Bad Liutenant Mejor actor: Colin Firth de A single man Mejor actriz: ex-aquo a las dos abuelas de Lola Mejor película y documental de Orizzonti: Villalobos
Notables "I Travel Because I Have to, I Come Back Because I Love You," Marcelo Gomes and Karim Ainouz (Brazil) "Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans," Werner Herzog (U.S.) "Lebanon," Samuel Maoz (Israel) "Judge," Liu Jie (China)
Interesantes "White Material," Claire Denis (France) "The Hole," Joe Dante (U.S.) "The Informant!," Steven Soderbergh (U.S.) "36 vues du Pic Saint Loup," Jacques Rivette (France) "Tetsuo The Bullet Man," Shinya Tsukamoto (Japan) "A Single Man," Tom Ford (U.S.) "Napoli Napoli Napoli," Abel Ferrara (Italy)
Correctas "Lola," Brillante Mendoza (Filipinas) "The Men Who Stare at Goats," Grant Heslov (U.S.) "Pepperminta," Pipilotti Rist (Switzerland) "My son, my son, what have ye done?", Werner Herzog (U.S.) "Repo Chick," Alex Cox (U.S.) "Mr. Nobody," Jaco van Dormael (France) "The Road," John Hillcoat (U.S.) "Survival of the Dead," George Romero (U.S.) "Women Without Men," Shirin Neshat (Germany) "South of the Border," Oliver Stone (U.S.)
Malas "Persecution," Patrice Chereau (France) "The Traveller," Ahmed Maher (Egypt)
Prometedoras (no las he visto, pero tengo buenas referencias) "Life During Wartime," Todd Solondz (U.S.) "Lourdes," Jessica Hausner (Austria) "REC 2," Jaume Balaguero, Paco Plaza (Spain) "Yona Yona Penguin," Rintaro (Japan) "Francesca," Bobby Paunescu (Romania) "Engkwentro," Pepe Diokno (Philippines) "1428," Du Haibin (China) "The Man's Woman and Other Stories," Amit Dutta (India) "Mudanza," Pere Portabella (Spain)
Ordenadores que se estropean. Hoteles que no son lo que parecen. Móviles que dejan de encenderse. Esta Mostra está siendo, sin duda, mi festival más caótico y si no fuera por la ayuda inestimable de algunos camaradas no podría haber seguido el ritmo alto de visionados y haber escrito las crónicas a tiempo. Aquí queda la tercera y penúltima. Esto está a punto de acabar, pero todo sigue en el aire.
Alejado del barullo del Lido e instalado en una pequeña pensión cercana a la Plaza San Marco, he conseguido situarme, por fin, en la ciudad de los canales y ya me dispongo a dar cuenta de lo que aquí vaya aconteciendo en las próximas jornadas. Esta vez llego con un par de días de retraso y ya me he perdido dos títulos importantes: Rec 2 y el nuevo trabajo de Todd Solondz. Sea como fuere, queda mucha Mostra por delante y, cada dos días, en Miradas de Cine intentaré plasmar mis primeras impresiones. Es difícil preveer lo que nos deparará el festival, pero considerando que, incomprensiblemente, la impresión general del año pasado fue mala (y eso que vimos, al menos, un puñado de títulos brillantes: 35 Rhums, Ponyo, Shirin, Z32, Goodbye Solo, Encarnaçao do Demonio, Las Vegas: Based on a True Story, The sky crawlers o Vinyan) no quiere fiarme de prejuicios e intentaé dejarme llevar por mi propia intuición. ¿Los platos fuertes? A priori, Rivette, Denis, Romero y Tsukamoto. Pero ya se verá...
A continuación, iré colgando, progresivamente, las crónicas:
Mientras la cinefilia mundial se concentra en Cannes y celebra los nuevos títulos de Tarantino, Resnais, Cavalier o Bellochio...algunos nos quedamos en casa confiando en que todos estos fotogramas lleguen algún día a nuestras pupilas. De mientras, disfrutamos de jugosos eventos como el reciente BAFF que sirven tanto para recuperar joyas desperdigadas de la pasada temporada como para ver títulos ignorados por los grandes festivales.
En Cinearchivo he publicado una crónica sobre lo que puede visionar. Algunas pelis se quedaron en el tintero, pero espero que el texto sirva de orientación para quien quiera recuperar alguno de los filmes proyectados. Entre ellos, Nanayo de Naomi Kawasequevolverá a proyectarse en la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona.
Espero que el texto que os dejo (publicado originalmente en Cinearchivo) sea de vuestro interés.
Asia hay más que una
No me gusta clasificar el cine. Ni por nacionalidades. Ni por géneros. Ni tan siquiera por autores. Soy conciente que, por más que uno lo intente, es difícil huir de este tipo de prejuicios y generalizaciones. Pero procuro, dentro de lo posible, escapar de ellos. Porque describir acertadamente el estado actual del cine asiático (o de cualquier otro continente) a partir del visionado de una veintena de filmes anuales es tan absurdo como iluso. En parte por ello, me gusta el BAFF. De acuerdo, es un festival pequeño que aprovecha el filón (aún considerable) de toda producción oriental, que se ve limitado por lo ajustado de su presupuesto y que, en ocasiones, no programa algunos de los títulos más representativos de la temporada. Pero, ante todo, es un evento que (casi) no entiende de tendencias y que se limita a seguir sus propios criterios de selección para configurar una programación heterogénea donde no sólo se dan cabida los autores asiáticos más aclamados (de Takeshi Kitano a Jia Zhang Ke) sino también las nuevas promesas y toda una serie de producciones representativas de países de los que apenas conocemos su historia reciente (de Malasia a Indonesia) y mucho menos su cinematografía. Por ello, visitamos la onceava edición del BAFF más en busca de sorpresas que de confirmaciones, más a desaprender que a consolidar nuestras presuntas certezas como espectadores.
Limitados por lo apretado de nuestra hoja de ruta, nos vimos obligados a descartar dos de los espacios más osados del festival (el Focus Sudeste Asiático y Emergentes), pero pudimos seguir fielmente la sección oficial competitiva y recuperar, ocasionalmente, algunos de los títulos orientales más llamativos del último año (vistos, principalmente, en Cannes, Venecia, Tokio o San Sebastián) agrupados en la Asian Selection. En esta última sección encontramos, precisamente, el acontecimiento cinéfilo más relevante de esta edición: el estreno europeo (con el apoyo de la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona) de Nanayo, la última película de la exquisita directora japonesa Naomi Kawase. No vamos a negar la sorpresa que nos produjo la inclusión (casi en exclusiva) de este nuevo trabajo en un evento tan modesto como el BAFF. Después de la buena acogida internacional de El bosque del luto (ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes 2007), todo indicaba que algo inaudito había sucedido y que nos íbamos a encontrar con un título fallido, con un bajón en una carrera impecable. Nada más lejos de la realidad. Pues aún estando lejos de su indiscutible obra maestra -Shara (2003)-, Nanayo es una película altamente estimulante en la que Kawase no sólo abandona su Nara natal (por Tailandia) sino que intenta dar un paso más allá dentro de una filmografía (la suya) que corría el riesgo de saciarnos por un exceso de belleza. El interés reside aquí -más que nunca- en una estética que sobrepasa a una fina historia (alrededor de la pérdida y de la desorientación existencial) que se va construyendo a medida que transcurren los minutos a través de miradas, conversaciones intrascendentes y considerables flashbacks y flashforwards que dan forma a unos personajes reunidos en un espacio paradisíaco. Lo abrupto de algunas secuencias explicativas -sobre todo en lo referente al pasado del personaje del taxista- rompe la armonía de una película tan desigual como viva en la que la realizadora sabe capturar en planos cerrados la intimidad de los cuerpos, ofrecer una mirada fresca y detallista (casi documental) de la realidad circundante y arrastrar al espectador (gracias al medido uso del sonido ambiente y de la música) a un estado de tránsito donde lo onírico y lo real (la naturaleza, el pasado) se entrelazan en imágenes despejadas de imposturas que quedan retenidas para siempre en nuestras retinas.
En Plastic City, quizás la película más incomprendida de la sección oficial, el prestigioso director de fotografía Yu Lik-Wai rompe con la austeridad de su escasa filmografía anterior (que incluye la discreta Love Will Tear Us Apart) y propone un auténtico salto al vacío formal y estructural donde, progresivamente, una rutinaria historia de gángsteres en Sao Paulo -con el hongkonés Anthony Wong terriblemente doblado al portugués (¡!)- se va deconstruyendo hasta convertirse en un filme de múltiples texturas, tan enloquecido como estilizado, en el que el cineasta toma la pantalla como un tapiz para expresar sus ingeniosas (y desbordantes) ideas estéticas. El resultado es tan fallido como apasionante. Pues puede que, según los cánones clásicos, Plastic City adolezca de una trama incoherente, pero, en su tramo final, logra plantear una desaforada dualidad entre dos protagonistas atrapados en un espacio alucinógeno que nos remite tanto al barroquismo de Izo como al chamanismo de Tropical Malady. Menos suspicacias despertó la deliciosa All Around Us, nuevo trabajo del injustamente desconocido realizador japonés Ryosuke Hashiguchi que, en esta ocasión, plantea un filme formalmente impecable, basado en la fuerza de los planos fijos y en la interpretación de los dos (únicos) protagonistas, una pareja a la que veremos evolucionar (a través de un amplio abanico temporal) frente a nosotros y en sus tiempos muertos. Sin subrayar y sin enfatizar (aunque quizás pecando de un cierto abuso del hastío), Hashiguchi describe los tiras y aflojas de dos individuos corrientes que se enfrentan a lo absurdo de la vida mientras intentan conservar su relación. Una relación amorosa que, en vez de desintegrarse, va mutando sutilmente frente a la cámara, dejándonos un poso emocional de resonancias rohmerianas; un esbozo naturalista, irónico y a ras de suelo.
La contención de All Around Us dio paso a las pasiones desatadas de Ocean Flame, el segundo filme de Liu Fendou, ganador del BAFF 2004 con su ópera prima Green Hat. No estamos, en este caso, ante una película redonda y sí ante un trabajo que denota -en algunos movimientos de cámara- un cierto ombliguismo autoral. Pese a ello, Fendou logra atrapar la fragilidad de toda relación íntima y, a su vez, entremezcla el melodrama con el thriller sin que la fuerza de su avasallador relato se vea apenas afectada. Hay algo de emocionante, de físico, en las secuencias filmadas en la playa donde la pasión de dos cuerpos choca con la paz que transmite el sonido del mar. Sólo por esos breves instantes, la película ya merece ser visionada. Algo que no podemos decir de la discretísima Echo of Silence. Sin lugar a dudas, la obra más floja de la competición oficial. La citada película -torpe y cansina- significa el debut tras las cámaras del actor japonés Atsuro Watabe y pretende ser un retrato (sosegado y poético) de una fugaz historia de amor en los paisajes nevados de la región de Hokkaido. La presuntamente dolorosa relación afectiva entre una joven desorientada y un chico mudo transmite más sopor que emoción. Y en ningún momento parece que el realizador sepa el porqué de sus arbitrarias decisiones formales tanto en el modo de filmar como en el uso gratuito de los ralentís y de los subrayados musicales.
Más conseguida resultó, en cambio, la coreana Breathless, otro debut de un intérprete (Yang Ik-June) que cumplió (esta vez, sí) parcialmente con las expectativas. Aclamada en el último Festival de Rótterdam y bien recibida aquí por el respetable, la película logró llevarse, además, el máximo galardón de este BAFF: el Durián de Oro a la mejor película de la sección oficial. Partiendo de una tesis elemental: “la violencia engendra violencia”, Yang propone un filme esencialmente físico en el que la cámara se adhiere al cuerpo de unos actores en constante tensión dramática. De una sangrante brutalidad, la película esboza una mirada inesperada sobre la violencia de género y, sin llegar a deslumbrar, consigue huir de los clichés y la moralina. Aunque, a la postre, el retrato de Yang se vea perjudicado por lo irregular de su estructura y por el poco convincente uso de los flashbacks explicativos. Ligeros desajustes de un filme sólido, pero indudablemente sobrevalorado por ciertos sectores de la crítica. Algo que también es aplicable a la interesante Serbis, la nueva película del cada vez más reconocido Brillante Mendoza; quizás el cineasta más accesible dentro de la nueva hornada de autores filipinos (donde se encuentran los radicales Lav Diaz y Raya Martin) que pueblan el cambiante mundillo de los festivales cinematográficos. Mendoza parece seguir aquí la estela del Tsai Ming Liang de Goodbye Dragon Inn en su intento de describir los nuevos hábitos de los (escasos) espectadores que aún asisten a unas salas de cine en indudable decadencia global. Sin alcanzar las cotas formales del cineasta malayo, el realizador filipino apuesta por una fotografía granulada y de colores vivos con la que transmite una cierta “estética de la pobreza” que genera una reacción ambivalente en el público. Sin definirse demasiado respecto a los actos de sus protagonistas, Mendoza logra, por lo demás, una película ágil en la que un espacio muy concreto (un destartalado y laberíntico cine porno) sirve de puesta en escena para las idas y venidas de una familia en creciente tensión. Los inesperados golpes humorísticos y el astuto uso del sonido diegético procedente del exterior ayudan a la construcción de un filme de pequeños logros que, pese a las buenas intenciones, fracasa en su intento de mostrar el fin materialista del cine (algo que queda patente en un cierre abrupto que evoca fallidamente la resolución de Carretera asfaltada en dos direcciones). Galardonada, pese a sus defectos, con el preciado premio Cinematk (que garantiza la distribución de la película en España), Serbis despierta, al menos, controversias por su osadía y por su escaso pudor en el retrato de cuerpos desnudos y de espacios decadentes.
Apenas conocidas antes de su proyección en el BAFF, otras tres pequeñas películas (bien distintas entre sí) despertaron nuestro interés cinéfilo en una sección oficial con un nivel general más que aceptable. Se trata de Blind pig who wants to fly, Parking y Sell Out!. La primera es el curioso debut del cortometrajista indonesio Edwin que construye un filme a medio camino entre la excentricidad y la ternura en el que múltiples set-pieces hilvanadas al son del “I just called to say I love you” de Stevie Wonder sirven para esbozar un puzzle, a ratos catártico, a ratos desconcertante, en el que se satiriza sutilmente la estigmatización gubernamental y social a la que se ha visto sometida la minoritaria comunidad indonesia de origen chino. La segunda, Parking, es una relectura taiwanesa de la emblemática Jo, qué noche! de Martin Scorsese en la que el debutante Chung Mong-Hong cumple con lo que promete y nos ofrece una cinta ágil y ligera donde lo estrambótico apenas se encuentra con lo melodramático. Sin el efecto sorpresa de la original estadounidense, la pieza deja, ante todo, un buen regusto en el paladar del espectador ávido de un divertimento tan intrascendente como desternillante. La tercera, Sell Out!, fue, seguramente, la cinta sorpresa de esta edición por su convincente parodia del cine de autor, de los reality shows y de la invasión anglófila del sudeste asiático. Dirigida por el malayo Yeo Joon, la (irregular) película propone también un juego metalingüístico y deliberadamente pop en el que tienen cabida tanto las coreografías más ridículas (¡estamos ante un musical sui generis!) como los diálogos más absurdos, dignos de un Beckett catódico (o catatónico).
Sin apenas tiempo para paladear todos estos filmes sugerentes ni para visionar algunas de las propuestas más atrevidas de las secciones paralelas (Now Showing, de Raya Martin, Love Exposure, de Sion Ono o The Blue Generation, de Garin Nugroho), nos vimos obligados a dejar una nueva edición del BAFF. Lo hicimos, sin embargo, satisfechos por la buena salud de un certamen que, año tras año, confirma que sigue existiendo un público inquieto y exigente; atraído por algo más que por el cine estrenado en salas comerciales o por los aromas exóticos (y superficiales) procedentes de Asia. Un espectador maduro que no sólo aprecia a los grandes nombres seleccionados (este año se proyectaron Still Walking de Kore-Eda, Achilles and Tortosie de Kitano y 24 City de Jia Zhang Ke) sino que valora el atrevimiento y se acerca a un festival en busca de nuevas sensaciones, de nuevas miradas hacia a un mundo cada vez más inabarcable. Incluso para un arte tan universal (y, a su vez, local) como el cine.
El último festival (esta vez sí) de mi larga temporada viajera de este año queda resumido en estas líneas que conforman una crónica (un pelín larga, disculpen los excesos) de l'Alternativa, una muestra ensombrecida por la de Gijón, pero que bien merece una visita por lo cómodo de su emplazamiento y por lo atractivo de su programación. Espero que el artículo os invite a recuperar algunos de los títulos que allí pudimos ver y que podamos repetir en la próxima edición.