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viernes, 15 de mayo de 2009

A vueltas con Winterbottom...24 Hours Party People

Print the Legend

Al principio de Fraude (1972), la poderosa voz en off de Orson Welles nos promete que todo lo que veremos durante la siguiente hora será cierto…Ochenta minutos después, el cineasta reaparece para advertirnos que, aunque apenas nos hayamos dado cuenta, el tiempo citado se ha cumplido y que, por tanto, la realidad ya ha dado paso a la fabulación. O lo que es lo mismo, el documental se ha fundido con la ficción y de la mutación ha surgido un filme híbrido, libérrimo, donde dejan de tener sentido las (ilusas) fronteras entre lo verdadero y lo falso. El bello gesto de Welles es tan significativo como liberador. Pues legitima a todos los cineastas que, desde entonces (también antes), deciden manipular a su antojo los materiales de lo real y deformarlos hasta dar con formas artísticas rompedoras. Al menos, en un principio. Porque es evidente que todo experimento exitoso corre el riesgo de convertirse en convención. Tal como ha sucedido, por ejemplo, con los mockumentaries, un género que deriva de los hallazgos de Welles, pero que, progresivamente, ha perdido la frescura de antaño.

Frescura que, en cambio, sí retiene un trabajo tan emblemático como 24 Hour Party People en el que Winterbottom, aun siguiendo varios de los mecanismos canónicos del hoy tan manido «falso documental», se atreve a entrar tímidamente en el terreno metalingüístico abierto por el responsable de Ciudadano Kane (1942). Su jugada —que va mucho más allá de la broma sofisticada del Peter Jackson de Forgotten Silver (1995)— consiste en partir de una situación y unos personajes reales (el sonido madchester y sus mayores
responsables) para dar paso a una ficción (con intérpretes que asumen los roles de los músicos y productores famosos) que, a su vez, tiene forma de un extenso reportaje televisivo auto-conciente en el que, por más inri, emergen (como extras) algunos de los auténticos protagonistas y se dan cita imágenes de archivo de la época. El presumible caos por tan asombrosa mezcolanza de registros (que se entiende mejor viéndola que leyéndola) es superado por el director gracias a un guión férreo (de Frank Cottrell Boyce) que dosifica la información al espectador, incorpora altas dosis de humor, ofrece montajes paralelos sugerentes y garantiza que la película llegue a buen puerto sin apenas inoportunas digresiones —como la innecesaria dramatización de la muerte de Ian Curtis— que disgreguen la mirada caleidoscópica plasmada por un Winterbottom en estado de gracia y dispuesto a capturar tanto a una ciudad como a su escena musical. (Seguir leyendo en Cinearchivo)

Artículo incluido en el especial dedicado en el portal al realizador británico

sábado, 9 de mayo de 2009

Génova: Un Winterbottom modesto

Fantasmas vacacionales

Es ya un lugar común crítico: Michael Winterbottom es un cineasta ecléctico. Para sus detractores, un autor sin sello. Para sus defensores, un director que sabe moverse con soltura en todos los géneros. Para mí, un tipo que pertenece a la estirpe de los realizadores imprevisibles; a la línea de creadores que, aún no encontrándose en nuestro olimpo particular, conservan siempre la capacidad de sorprenderte, de desmontar tus inevitables prejuicios y de provocarte reacciones variopintas que van del absoluto rechazo (Nine Songs) a la admiración incondicional (Code 46).

Admito que, antes del visionado de Génova, no las tenía todas conmigo. La carrera del director británico había entrado en un terreno peligroso: el del mal llamado «cine social», el espacio presuntamente multicultural donde trascurren unos filmes que, tras unas reivindicaciones nobles, suelen esconder una mirada ingenua, sesgada y aburguesada frente a una serie de conflictos que se nos escapan. Nunca he pensado que el cine deba ser una herramienta para limpiar conciencias y menos con producciones tan maniqueas y acomodadas como Camino a Guantánamo o Un corazón invencible. Precisamente, el éxito de estos dos títulos citados invitaba a los malos augurios y presagiaba un futuro conservador para la carrera de Winterbottom, un cineasta que podría encontrar fácil acomodo en el stablishment de los defensores de las causas perdidas. Por fortuna, Génova demuestra que los prejuicios no son más que intuiciones precipitadas y que tras las cámaras aún se encuentra el joven realizador inquieto y juguetón que descubrimos en Wonderland. (Seguir leyendo en Cinearchivo)